¿Un impuesto sobre el lujo?

¿Un impuesto sobre el lujo?

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En las sociedades capitalistas predomina un modelo económico basado en un consumo excesivo fomentado por una sucesión de fiestas o eventos comerciales cuyo principal motivo no es otro que el propio consumo. El economista estadounidense Robert H. Frank ha publicado recientemente una obra titulada “La Carrera del lujo: la economía de la codicia y la psicología de la felicidad”. Según Robert H. Frank, “el consumo de artículos de lujo está, en muchas ocasiones, relacionado con preocupaciones sobre el estatus social del consumidor, que son fomentadas por una publicidad mordaz”. El libro de Robert H. Frank explica que, si bien los ricos mantienen una posición privilegiada en la sociedad basada en su poder económico, esta “carrera” tiene sus repercusiones en el resto de una población que, para subir unos escalones cada vez más costosos, se desfonda en un medio profesional muchas veces ingrato en detrimento de una vida privada que, para la mayoría, se reduce a la nada.

Para equilibrar este déficit existencial Robert H Frank no recomienda iniciar el decrecimiento económico, sino aplicar un impuesto al consumo de artículos de lujo. Para el autor americano, no es la riqueza lo que hay que sancionar, sino las desigualdades sociales que siguen aumentando en las sociedades occidentales. Estas crecientes desigualdades se aprecian de forma clara en el ejemplo Estados Unidos, donde los directores generales de las cien mayores empresas, en el año 2000, ganaron 500 veces el salario medio de un trabajador. En 1980, sólo 20 años antes, estos ejecutivos ganaron el equivalente a 42 salarios de un trabajador. La progresiva desigualdad lleva un ritmo desmesurado. Para resolver estas desigualdades, el economista norteamericano propone sustituir el impuesto progresivo sobre los ingresos por un impuesto progresivo que grave el consumo en forma de cotización por el valor añadido de los artículos.

Este impuesto supondría un “plus” para el medioambiente y para la sociedad. Por otra parte, las asociaciones por la defensa del medioambiente siguen reclamando un equilibrio de la fiscalidad que tenga en cuenta el valor de los recursos medioambientales, que actualmente no están sujetos a ninguna tasa especial. El consumo de bienes y servicios básicos, tales como la energía o el agua, o secundarios, es costeado de forma conjunta por la sociedad, sin tener en cuenta las enormes disparidades existentes en el nivel de consumo individual. Como ejemplo se puede considerar el uso del automóvil particular en el seno de la movilidad: los costes relacionados con la contaminación, el ruido, los accidentes, los tratamientos en hospitales, las infraestructuras, etc. solamente son parcialmente sufragados por las tasas que paga el usuario, siendo el conjunto de la sociedad quien asume los costes externos del uso del automóvil particular como medio de transporte habitual. Esta desigualdad es significativa, teniendo en cuenta que 20% de ciudadanos no posee un vehículo motorizado. Por otro lado, gravar con un impuesto los bienes de consumo en función de sus características contaminantes permite, suponiendo que dicho impuesto sea suficientemente alto para disuadir al consumidor, reorientar las elecciones de consumo hacia unos bienes y servicios respetuosos con el medioambiente. Estos productos y servicios de bajo impacto, a su vez, se beneficiarían de unos impuestos más bajos. Este tipo de fiscalidad se debe acompañar de una serie de medidas compensatorias tales como el desarrollo de alternativas: transporte público, energías renovables, eficacia energética, etc., calculadas en función de los salarios más bajos y los desempleados.

En el plano social, tasar el consumo excesivo en función de su grado de lujo, así como el beneficio o el patrimonio, permite de forma innegable una mejor distribución, ya sea para el conjunto de la sociedad (medioambiente, educación, salud) o directamente para beneficio de los más necesitados. Sobre todos estos asuntos reflexionaba Robert H Frank en su anterior libro “Después del capitalismo”, en el que trataba de exponer los principios económicos de una sociedad justa. El impuesto sobre el consumo de bienes o servicios de lujo que propone el economista estadounidense “permitiría no sólo reducir las desigualdades del consumo, sino que también reduciría aquellas que engendran los problemas sociales más graves. Además, este impuesto favorecería también el ahorro, la inversión y, con ello, la productividad y el crecimiento económico”.

Las propuestas de Frank pueden ponerse en duda, ya que el ahorro no siempre favorece las inversiones productivas. Hasta ahora, el ahorro ha fomentado cada vez más las inversiones especulativas, inversiones desconectadas del mundo de la economía real, generando una economía ficticia cuyo resultado estamos padeciendo, en especial en países como Irlanda y España. Las ideas de Robert H. Frank y su búsqueda de una sociedad más justa sin frenar el crecimiento económico o incluso sin iniciar un decrecimiento del mismo, chocan con otras que precisamente anteponen el decrecimiento económico para conseguir frenar el desgaste de los recursos naturales del planeta e iniciar un proceso con vistas a lograr vencer la crisis ecológica. Si en el caso de Frank las dudas llevan al problema climático, en las teorías del decrecimiento pueden llevar a los aspectos económicos de la necesaria transición. Lo que resulta evidente es que el actual sistema sufre un enorme desequilibro y está mostrando cada día más contundentemente sus límites tanto económicos como ecológicos y que se debe encontrar con urgencia un camino que atraviese ambas crisis sin provocar grandes traumas en la sociedad.

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1 Comment

  1. Extraordinario el artículo, y las avanzadas ideas de Robert H. Frank. Sobre todo lo que afirma de: que en Estados Unidos, O cualquier otro país; los directores generales de las cien mayores empresas, en el año 2000, ganaron 500 veces el salario medio de un trabajador. En 1980, sólo 20 años antes, estos ejecutivos ganaron el equivalente a 42 salarios de un trabajador. Esta claro que asi hacia donde vamos no es precisamente una sociedad avanzada, sino bastante atrasada. Solo me queda decir: guillotina para los corruptos. Rebelión !

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