Por un futuro sin proteínas de animal

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Los hábitos alimentarios de occidente, es decir, de los países llamados desarrollados, se caracterizan por su alto contenido en proteínas de origen animal. La carne, los huevos y los productos lácteos son fijos en el carrito de la compra de la mayoría de hogares europeos. Esta dieta, muy alejada de la sostenibilidad, conlleva una ingesta desproporcionada de grasas saturadas y carnes rojas que sobrepasa los límites recomendados por las máximas autoridades en materia de nutrición y salud. Por otro lado, esta demanda de proteínas va asociada a una enorme producción ganadera que requiere grandes superficies de terreno y genera altos niveles de emisiones de nitrógeno y gases de efecto invernadero.

Reducir el consumo de proteínas de origen animal es bueno para la salud

Muchos estudios han analizado el potencial impacto de un cambio de hábitos alimentarios sobre las emisiones de gases de efecto invernadero, sobre el aprovechamiento de las tierras y sobre la salud de las personas. Pero un reciente estudio publicado en la prestigiosa revista Sciencedirect, se basa en el uso de métodos y modelos biofísicos y ha permitido a los científicos calcular las consecuencias a gran escala de la sustitución de un 25% a un 50% del consumo de alimentos de origen animal por alimentos vegetales en una dieta de similar aporte energético y asumiendo los cambios que se propiciarian en la producción.

Los resultados muestran que reduciendo el consumo de carne, de lácteos y huevos en la Unión Europea, se conseguiría una reducción de un 40% de las emisiones de nitrógeno, de un 25% a un 40% de las emisiones de gas de efecto invernadero y una reducción de un 23% per capita del uso de tierra de cultivo destinada a la producción de alimentos. Además, estos cambios en los hábitos alimentarios reduciría de forma importante los riesgos para la salud. Un menor consumo de carne y lácteos convertiría a la Unión Europea en exportador de cereales ya que el uso de de soja destinada a la ganadería industrial se reduciría un 75%.

De igual forma, la eficiencia en el uso del nitrógeno aumentaría del 18% actual a un porcentaje entre el 41% y el 47% dependiendo de las decisiones que se tomen relativas al uso del terreno. Debido a que la agricultura es la mayor fuente de contaminación por nitrógeno, la calidad del aire y del agua en la Unión Europa mejoraría de forma sustancial. Una reducción de un 40% de la ingesta de grasas saturadas conllevaría una reducción significativa de la mortalidad causada por enfermedades cardiovasculares.

El estudio utilizó modelos biofísicos y datos para cuantificar los efectos medioambientales y evaluó exclusivamente los efectos directos en la agricultura de la Unión Europea. Los efectos en otras regiones y en otros sectores de la cadena alimentaria (elaboración, trasnporte, producción de minerales para la fabricación de fertilizantes) no se tuvieron en cuenta.

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