Otra ciudad, otra mentalidad

Otra ciudad, otra mentalidad

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Es evidente que la adaptación de las ciudades a los nuevos retos energéticos y a la lucha contra el cambio climático requiere una serie de estrictos cálculos y una profunda revisión de la forma de vida actual (movilidad, alimentación, ocio, etc.). La revista suiza sobre ecología política Moins! (“Menos!”) publicaba recientemente un informe sobre las políticas que una ciudad debería iniciar para lograr un hábitat más sostenible, en el que los ciudadanos sean capaces de enfrentarse a los retos presentes, tales como el cambio climático, la inseguridad alimentaria y la crisis económica.

La reordenación y reorganización urbana de las ciudades es un asunto de suma importancia para enfrenarnos al cambio climático. La dispersión urbana que han sufrido la mayoría de las ciudades agravó el problema del consumo energético por habitante. Además de haber urbanizado zonas verdes que hoy en día podrían utilizarse para menesteres más adecuados, la dispersión urbana ha supuesto un verdadero problema de tráfico, de contaminación y de estrés para muchos ciudadanos. Hacer que las ciudades sean más densas para que los ciudadanos no deban recorrer grandes distancias para ir a su trabajo, donde el ocio y el comercio estén concentrados en lugares accesibles, aunque no signifique la solución a todos los problemas de una ciudad, sí mejoraría la calidad de vida de sus habitantes y reduciría el impacto medioambiental de las grandes urbes. Una ciudad diferente conlleva una diferente mentalidad y un modo de vida acorde a la realidad ecológica del planeta.

La densificación de las ciudades debería tener como objetivo el acercamiento de las actividades diarias de los ciudadanos: el trabajo, el ocio, la educación y el abastecimiento. De esta forma se evitarían los grandes desplazamientos y la contaminación y demás inconvenientes que estos generan. Contra muchas opiniones interesadas, que afirman que las grandes edificaciones verticales resuelven el problema de la dispersión, hay que decir que un centro histórico es más denso en habitantes que un barrio vertical compuesto por torres que deben respetar una separación entre ellas proporcional a su altura. Además, el impacto de la construcción con materiales como el hormigón y el acero, el mantenimiento que requieren y su consumo energético hacen que los rascacielos no sean la solución. Por otra parte, sería muy difícil convencer a quienes viven en casas adosadas en las afueras para que volvieran a la ciudad y se establecieran en este tipo de torres. Sería mucho más lógico lograr mediante los trabajos necesarios, adecuar las zonas periféricas existentes a las necesidades cotidianas de sus habitantes. No son los hogares los que hay que densificar, sino las funciones, los intercambios locales y las relaciones del día a día. El espacio urbano de las ciudades debe iniciar una transición que aumente la resiliencia de las mismas. La búsqueda de una autonomía alimentaria pasa por el desarrollo de la agricultura urbana, la producción y el abastecimiento requerirán una densidad calculada, una proporción justa entre el número de habitantes y la superficie de cultivo. Para ello sería necesario reutilizar espacios hasta ahora ocupados por el automóvil. Estos espacios públicos, (aparcamientos y demás infraestructuras pensadas para el automóvil), una vez el ciudadano opte por otro tipo de movilidad, pueden ser reconquistados para el interés general y utilizados para organizar eventos, mercados de intercambio etc.

Esta relocalización de los espacios públicos debe ser tenida en cuenta antes de iniciar la densificación. A través de la relocalización, los territorios pueden encontrar la autonomía necesaria para disminuir la gran cantidad de transportes relacionados con la agricultura y todo tipo de industrias, extrayendo las materias primas del reciclado de sus propios residuos. Una vez lograda esta autonomía y autosuficiencia, si es pertinente se debe iniciar el proceso de densificación, que se conseguiría construyendo lo menos posible y reconvirtiendo aparcamientos, centros comerciales y demás lugares que simbolizan una forma de vida insostenible y de alto impacto.

También se debería reducir el tamaño de los hogares. Esto sería posible mediante la conquista del espacio público y la colectivización de servicios como lavanderías, talleres de reparaciones, centros de recepción etc. Al mismo tiempo se crearían las condiciones ideales que propiciaran unas relaciones más fluidas y amplias entre los vecinos de un mismo barrio. Es evidente que la adaptación de las ciudades a los nuevos retos energéticos y a la lucha contra el cambio climático requiere una serie de estrictos cálculos y una profunda revisión de la forma de vida actual (movilidad, alimentación, ocio, etc.) La densificación debe ser realizada de forma selectiva y sobre las construcciones ya existentes, cuyos hogares deben renovarse haciendo especial hincapié en el aislamiento térmico.

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