Monsanto en Haití

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“Un fabuloso regalo de Pascua”. Así describía Elizabeth Vancil, directora de desarrollo de Monsanto, la donación por parte de la empresa de 60.000 sacos de semillas de maíz híbrido a Haití. Con motivo del Día Internacional del Medioambiente, el cuatro de junio de 2010, los agricultores rurales de Haití se reunieron en Papaye para recorrer una marcha de siete kilómetros hasta Hinche y celebrar este regalo. Cuando llegaron a su destino, los agricultores recogieron sus cestas de pascua, más de 400 toneladas de semillas, y les prendieron fuego. “¡Que vivan las semillas de maíz nativo!”, exclamaban al unísono. “¡Las semillas transgénicas e híbridas de Monsanto destruyen la agricultura campesina!”

El día 20 de enero de 2011, Ryan Stock publicaba en la revista independiente Truthout el artículo titulado «Manifest Haiti: Monsanto’s Destiny», que desvela los efectos de la actividad de la empresa de transgénicos Monsanto sobre la agricultura mundial, y del que a continuación ofrecemos la traducción.

Según Chavannes Jean-Baptiste, coordinador del movimiento campesino de Papaya (MPP), “Haití está viviendo una escasez de semillas debido a que muchas familias rurales las utilizaron para alimentar a los refugiados”. Al igual que todas las multinacionales capitalistas que, ante las catástrofes, muestran su cara más benévola, Monsanto tendió su mano en tiempos de crisis al 65% de la población que vive de la agricultura de subsistencia. La mano que tendía era un puñado de semillas de maíz, uno de los cultivos en que se basa la alimentación en Haití, tratadas con el fungicida Maxim XO. Con similar benevolencia, las semillas de tomate que se donaron a los campesinos eran semillas tratadas con Thiram, un químico tan tóxico que la Agencia estadounidense de Protección del Medioambiente (EPA) lo ha catalogado como demasiado tóxico para el uso doméstico, y ha ordenado que cualquier trabajador que lo manipule lleve equipaje de protección adecuado. ¡Felices Pascuas! La explicación oficial en la página web de Monsanto para esta donación tóxica es que “los tratamientos de semillas a base de fungicidas suelen aplicarse a las semillas antes de llevar a cabo la plantación para protegerlas de las plagas de hongos que aparecen en el sustrato y que limitan la capacidad de la planta para germinar y crecer. Asimismo, los tratamientos protegen contra enfermedades que las semillas pueden contraer en las transacciones entre países”. Sin embargo, según el Departamento de Salud y Servicios Sociales de Nueva Jersey, “la exposición repetida al Thiram puede afectar a los riñones, el hígado y la glándula tiroides. Asimismo, una elevada exposición a dicha sustancia puede afectar al sistema nervioso”.
¿Por qué querría Monsanto donar semillas que pueden comprometer la salud de tanta gente hambrienta?
“El gobierno de Haití está utilizando el terremoto para vender el país a las multinacionales”, afirma Jean-Baptiste. Bienvenidos al nuevo terremoto. “Este es un poderoso ataque contra la pequeña agricultura, contra los campesinos, la biodiversidad, las semillas criollas… y contra lo que queda del medioambiente en Haití”.

Breve historia de la violencia Monsanto también es responsable de otros inventos revolucionarios, tales como el Agente Naranja. El gobierno vietnamita afirma que esta sustancia mató o dejó inválidas a 400.000 personas, y 500.000 niños nacieron con deformaciones debido a la exposición a este químico mortal. Hasta el año 2000, Monsanto también era el principal fabricante de aspartamo, del que diversos científicos europeos han afirmado que “puede tener efectos cancerígenos”. En una demostración de justicia social, en 2005 Monsanto fue declarado culpable por el gobierno norteamericano de sobornar a oficiales indonesios de alto grado para que legalizaran el algodón genéticamente modificado. Un año antes, en Brasil, Monsanto había vendido una granja a un senador por un tercio de su valor a cambio de su trabajo para legalizar el glifosato, el herbicida más utilizado en el mundo.

En Colombia, Monsanto ha recibido 25 millones de dólares del gobierno norteamericano para comercializar su herbicida a base de glifosato, con ingredientes adicionales que potencian su peligrosidad. Las comunidades y organizaciones de derechos humanos en Colombia han acusado al herbicida de destruir cultivos de alimentos, recursos hídricos y áreas protegidas, y de causar un aumento en el índice de defectos de nacimiento y casos de cáncer. Con más de 11.700 millones de dólares en ventas en el año 2009 y más de 650 patentes de biotecnología, la mayoría de las cuales son de algodón, maíz y soja, Monsanto es una potencia económica.

Nueve de cada cuatro semillas de soja en EEUU están vinculadas a la multinacional. Junto con Syngenta, Duppont y Bayer, Monsanto controla más de la mitad de las semillas del mundo, y no hay signos de que esto vaya a cambiar. Monsanto, una de las multinacionales más poderosas del mundo, formó equipo con el servicio de paquetería United Parcel Service para enviar los 60.000 sacos de semillas híbridas, auspiciados por un proyecto de 127 millones de dólares denominado “Winner”, financiado por la Agencia estadounidense de Desarrollo Internacional (USAID) y diseñado para fomentar la intensificación de la agricultura. Según Monsanto, la decisión original de donar semillas se tomó en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza.

Las semillas genéticamente modificadas tales como las que se donaron y fueron posteriormente inmoladas no pueden guardarse de año en año. El agricultor que utiliza las denominadas semillas “terminator”, cuyo ADN se altera para que no se reproduzcan tras la recolecta, deberá adquirirlas año tras año de Monsanto mediante un contrato vinculante, en lugar de recoger las semillas que se desarrollarían de forma natural de su planta no modificada.

La disminución del rendimiento, los problemas de salud y la debilitación de las perspectivas como consecuencia del contrato vinculante con Monsanto han llevado a muchos agricultores de la India rural al suicidio. Desde 1997, más de 182.936 agricultores hindúes se han suicidado, según un reciente estudio llevado a cabo por la Oficina Nacional de Informes sobre Criminalidad (National Crime Records Bureau). “Como las patentes y la propia esterilidad de las semillas evitan que estas se almacenen de año en año, los agricultores pobres se ven obligados a adquirir las semillas para cada temporada de cultivo, convirtiendo un recurso gratuito disponible en los cultivos en un bien de consumo que los agricultores se ven obligados a adquirir año tras año. Esto aumenta la pobreza y lleva al endeudamiento. A medida que la deuda aumenta y se vuelve impagable, los agricultores se ven obligados a vender sus riñones o a suicidarse”, informa la autora hindú Vandana Shiva en su artículo de 2004 “The Suicide Economy of Corporate Globalisation” (la economía de suicidio de la globalización multinacional). Los agricultores de los países en vías de desarrollo no son los únicos afectados por estas características del producto y las prácticas de negocio asociadas. Hasta el año 2007, Monsanto había archivado 112 querellas contra agricultores estadounidenses por supuestas violaciones de contrato en patentes de transgénicos, en las que se habían visto involucrados 372 agricultores y 49 pequeñas explotaciones en 27 estados.

Monsanto ha ganado más de 21.5 millones de dólares en juicios. Según datos estimados de la propia multinacional, Monsanto investiga a 500 agricultores al año. “Algunos agricultores han sido denunciados cuando sus cultivos se veían contaminados por el polen o por el hecho de que las semillas de otros agricultores hubieran aparecido en sus tierras, o cuando las semillas transgénicas de otros años se reproducían”, afirman Andrew Kimbrell y Joseph Mendelson, del Centro para la Seguridad Alimentaria. Muy a menudo ocurre que una semilla de Monsanto aparece de forma mágica en un campo de cultivo ecológico, lo que permite a Monsanto presentar una onerosa querella que seguramente llevará a la ocupación del terreno inocente.

Nada nuevo bajo el sol del Caribe.

Jean-Robert Estimé, que sirvió como Ministro de Exteriores durante la dictadura asesina de Duvalier, es el representante de Monsanto en Haití, y se niega a reconocer su relación con el agravamiento de la pobreza de su propia gente. Sin embargo, las intenciones de Monsanto en Haití no son nada nuevo. Muchos haitianos consideran la donación de semillas de Monsanto parte de una estrategia más amplia del imperialismo económico y político de EEUU. El sector agrícola de Haití ya fue una vez destrozado por la intervención estadounidense: Jean Bertrande Aristide fue expulsado por un golpe de estado apoyado por el gobierno estadounidense en 1991. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional decidieron conjuntamente que, si quisiera volver al poder, debería cumplir con la condición de abrir el país al libre comercio. Poco después, las tasas de importación de arroz descendieron de 35% a 3%, y el dinero que originariamente quedaba reservado al desarrollo agrario se destinó a pagar la deuda externa del país. Bajo el gobierno de Clinton, el mercado haitiano fue inundado de arroz subvencionado proveniente de Arkansas. Desde entonces, la práctica totalidad del arroz de Haití es importado y, por lo tanto, gran parte de los conocimientos y la experiencia del cultivo de arroz se ha perdido.

Soberanía alimentaria, no esclavitud agrícola.

A medida que este nuevo terremoto continúa agitando la tierra, la aparentemente benévola donación de semillas cambiará para siempre el paradigma de la agricultura haitiana y llevará al país a una mayor dependencia de las semillas que envenenan tanto al terreno donde son cultivadas como a los organismos que las consumen y que, además, crean una dependencia económica de la empresa de biotecnología Monsanto. “Nuestro pueblo nunca será autónomo si Haití tiene que sufrir lo que se denomina generosidad, pero que nos hace dependientes del control corporativo en la producción agrícola”, afirma Catherine Thélémaque, de Acción SOS Haití, en Montreal (Canadá). Los agroecólogos Ivette Perfecto y John Vandermeer, de la Universidad de Michigan, recientemente publicaron un estudio que demostraba que una agricultura sostenible a pequeña escala es más eficiente en la conservación y aumento de la biodiversidad y los bosques que la agricultura industrial. Con menos de 1% de su superficie forestal original, Haití no puede jugarse el desastre medioambiental de los efectos del monocultivo industrial transgénico para alimentar a sus muchas gentes. “Si el gobierno estadounidense realmente quiere ayudar a Haití, tendría que ayudar a los haitianos a construirse una soberanía alimentaria y una agricultura sostenible basada en sus propias semillas nativas y en el acceso a las tierras y el crédito. Esta sería la verdadera forma de ayudar a Haití”, afirma Dena Hoff, agricultora ecológica en Montana y miembro del Comité de Coordinación Internacional de la Vía Campesina.

La tormenta.

  En su Historia de la Colonización Europea, de 1780, Guillame Raynal señalaba que había signos de “una tormenta”. Esta tormenta se convirtió en un monzón el 22 de agosto de 1791, cuando Dutty Boukman hizo sonar su concha y los esclavos de Santo Domingo se levantaron contra los imperialistas franceses. Bajo el liderazgo de Touissant Lóverture y Jean-Jaques Dessalines, los esclavos rebelados acabaron con la ocupación imperialista de Napoleón Bonaparte y en 1804 Haití fue declarado una república independiente. No olvidemos las lecciones de la historia, no infravaloremos el poder de la unión. Al igual que Napoleón en su día, una tirana multinacional como Monsanto que exporta pobreza mantendría a la población del país como esclavos agrícolas, lo que se debe impedir. Ha llegado el momento de un Boukman que haga sonar su concha una vez más. ¡La libertad o la muerte! Artículo original por Ryan Stock, publicado el 20 enero 2011 en Truthout

 

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