La vergüenza nacional suiza

La vergüenza nacional suiza

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Nestlé o la vergüenza nacional suiza

La multinacionales, en particular las del sector alimentario, siguen creciendo y su actividad no entiende de recesiones. Desplegadas por todo el mundo, estas macroempresas sitúan según les conviene sus centros de producción siguiendo una estrategia muy concreta: lograr por encima de todo y de todos los mayores beneficios económicos.

Son ya numerosos los escándalos denunciados en el ámbito social, de salud y medioambiental en los que se han visto involucradas multinacionales de todos los sectores.

Con sus lobbies o grupos de presión bien situados en los centros de toma de decisiones políticas, no es difícil adivinar a quién benefician las mayoría de las leyes y regulaciones.

A finales de mayo de 2012, el diario suizo Le Courrier publicaba un artículo en que tachaba de “vergüenza nacional” a la multinacional suiza Nestlé:

«El patrimonio de Nestlé en Suiza alcanza los 100.000 millones de francos. ¿Este dato les otorga todos los derechos? Si se tiene en cuenta la dureza de las numerosas críticas que la empresa suiza ha recibido de ONGs ,  de sindicatos y, considerando la ausencia de reacciones por parte de los políticos, se puede pensar que sí, que la multinacional tiene todo permitido.

La lista de denuncias, sin embargo, se amplía y comienza a presentar un aspecto más bien siniestro: miles de muertes de bebés cada año en los países pobres relacionadas con la publicidad de la leche en polvo, pese a estar prohibida; espionaje e infiltración en ONGs; daños en las capas freáticas; políticas antisindicales casi sistemáticas, etc.

El más reciente escándalo es el del despido colectivo de 53 huelguistas en Indonesia, sólo un caso más entre su amplio repertorio. Nestlé gasta más dinero en sus envoltorios y en sus anuncios publicitarios para fomentar su “responsabilidad social” que en el respeto y cuidado de los derechos humanos. Por todos estos comportamientos la multinacional se está convirtiendo en una vergüenza nacional suiza.

Un gigante industrial de su talla dispone de una colosal capacidad de hacer daño. Bien sea mediante acciones directas (política de contratación laboral, relaciones con los vecinos, impacto medioambiental) o por sus omisiones.

Tomemos el ejemplo del cacao.

Según la Declaración de Berna, “Nestlé ejerce una influencia sobre el conjunto de la cadena de abastecimiento y poseería los medios de comprometerse activamente contra las condiciones de trabajo indignas en las plantaciones. El trabajo en las plantaciones cuenta de forma habitual con mano de obra infantil.

Además, si Nestlé pagara un precio justo a los productores, podría contribuir de forma determinante en la mejora de al calidad de vida de miles de personas. Sin embargo, seguimos esperando. Lo más sorprendente, es la ligereza y la arrogancia con las que la dirección de Nestlé afronta las críticas. Pura negación, explicaciones falsas, opacas y siempre repetitivas que acaban afirmando “nosotros respetamos la ley”.

En la mayoría de ocasiones la multinacional se niega a responder a las preguntas o se afirma mero mediador entre la subcontrata local y el sindicato, una estrategia global que se muestra provechosa de momento. Por un lado la adoración por parte de nuestras élites políticas y por otro la lealtad de los grandes medios de comunicación, todo ello completado por la pasividad pétrea de los empleados suizos (según se murmura en los pasillos de las fábricas, una palabra de más y acabas en la calle), le aseguran la impunidad.

La multinacional con sede central en  Vevey no reculará a menos que los trabajadores, las ONGs y los consumidores levanten la voz, sobre todo si pasan de la palabra a la acción. El boicot a los productos Nestlé de los años 1970 fue un éxito.”

Artículo publicado el sábado 26 de mayo en la edición online del periódico suizo Le Courrier.

Fuente

Más información sobre el boicot internacional a los productos Nestlé.

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