(IV) Manual de instrucciones para la debacle

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Dmitry Orlov es el autor del libro Reinventing Collapse. Este pionero colapsitario, que vive en un barco velero en Boston desde el que edita su blog Cluborlov (http://cluborlov.blogspot.com/), hace unos años predijo la caída de EEUU como superpotencia económica. Una vez sus predicciones se vieron confirmadas por la actual crisis global, Orlov fue invitado a hablar sobre su visión del futuro que nos espera y las medidas que, como ciudadanos, deberíamos ir poniendo en marcha. Durante su ponencia en la fundación Long Now Foundation en febrero 2009, Dmitry Orlov reconocía que su afición visionaria era un mal negocio, ya que “una vez ha comenzado el derrumbe, nadie se acuerda del que venía advirtiendo desde hace tiempo”.

Asegurar los cuatro pilares: alojamiento.

«En la URSS, los ciudadanos no eran propietarios de sus viviendas. A cada uno se le decía dónde debía vivir y esa era la dirección que constaba en su pasaporte. Por otro lado, a nadie se le podía quitar su hogar. Como la mayor parte de los ciudadanos vivía en la ciudad, en apartamentos o en una habitación con un cuarto de baño y una cocina comunitarios, cuando las familias crecían acababan tres o cuatro generaciones viviendo juntas en el mismo sitio«.

«Esto, a pesar de sus inconvenientes debido a la masificación, hacía de la vivienda algo asequible. Además, los miembros de la familia se ayudaban entre ellos, los abuelos cuidaban de sus nietos y los hijos cuidaban de sus padres durante la vejez. El estado garantizaba el transporte público, así que no era necesario disponer de un medio privado de transporte. La calefacción en los apartamentos era relativamente barata y los servicios municipales relativamente sencillos de proveer y mantener debido a la escasa longitud de tuberías y cableado. Cuando el sistema se derrumbó, mucha gente perdió sus ahorros y su trabajo. La moneda perdió todo su valor debido a la hiperinflación, pero nadie se quedó sin su hogar y los servicios municipales tales como el agua caliente siguieron funcionado. Como las familias habían vivido en la misma casa durante generaciones, todos los vecinos se conocían. Este arraigo comunitario resultó de gran utilidad cuando, tras la quiebra económica, aumentó la criminalidad. En 1990, los apartamentos fueron privatizados y, de repente, los ciudadanos se convirtieron en propietarios de unos bienes inmobiliarios de cierto valor.

En EEUU, sin embargo, hace muy poco que la gente se ha dado cuenta de que su hogar no es un fondo de pensiones, que no podrá venderlo y enriquecerse con ello. E incluso algunos asumen ya que el precio de su vivienda no solamente ha descendido, sino que va a seguir haciéndolo. ¿Hasta cuándo? ¿Existe un precio “realista” para una vivienda? Esta idea está relacionada con el concepto de que una vivienda es una necesidad: todo el mundo necesita un lugar donde vivir. Pero un lugar donde vivir no tiene por qué ser un chalet en las afueras. También puede ser una tienda de campaña, un banco en el parque, un contenedor de transporte, un barco… Los chalés de las afueras son muy caros de mantener, resultan inaccesibles al transporte público, los municipios requieren enormes inversiones para hacerles llegar los servicios públicos y mantener las infraestructuras (mantenimiento de carreteras y puentes, autobuses escolares, etc. ), suelen ocupar terrenos antes destinados al uso agrícola, y promueven la cultura del automóvil, tan destructiva para el medioambiente y para la vida en el centro de las ciudades.

Cuando el sistema se derrumbó, mucha gente perdió sus ahorros y su trabajo. La moneda perdió todo su valor debido a la hiperinflación, pero nadie se quedó sin su hogar y los servicios municipales tales como el agua caliente siguieron funcionado

En la actualidad, muchas de las familias que viven en estas urbanizaciones ya no pueden permitírselo y parece que estén esperando que alguien les solucione el problema. A medida que no se pueda seguir manteniendo económicamente, la vida en estas urbanizaciones será inviable: dejarán de llevarse a cabo los trabajos de mantenimiento necesarios para conservar servicios tales como carreteras, canalizaciones, electricidad, seguridad… Sin el petróleo barato para asegurar el transporte y la calefacción de las viviendas, estos lugares pasarán a ser zonas inhóspitas. Los residentes de los barrios periféricos tendrán que emigrar de forma masiva a las ciudades y los pueblos, cuya densidad es mayor. Aquellos que no cuenten con familia o amigos que les acojan tendrán que improvisar una solución.

Una de ellas podría ser hacer uso de las oficinas abandonadas como vivienda. La adaptación de estos edificios podría resultar bastante sencilla, ya que las oficinas suelen contar mobiliario y su distribución en pequeñas habitaciones y cuartos de baño e incluso cocinas es muy adecuada. Porque es evidente que las empresas que un día se alojaron en estas oficinas ya NO VAN A VOLVER. Otro tipo de construcciones que van a ser abandonadas en el futuro y que podrían servir de alojamiento para la población son las universidades y ciudades universitarias: el sistema universitario norteamericano solamente existe porque su sistema escolar es un fracaso. Las carreras son una inversión cada vez menos interesante, con un altísimo índice de diplomados sin trabajo y un enorme gasto económico que conlleva la vida universitaria. Los diversos edificios de un campus universitario pueden ser utilizados para el bien común: en sus habituales instalaciones deportivas se podrán cultivar alimentos y las residencias podrán alojar a gran número de desplazados.»

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