(IV) El verdadero precio de lo barato. Sin libertad para elegir.

(IV) El verdadero precio de lo barato. Sin libertad para elegir.

- in Permacultura
1676
1
El consumidor tiene la última palabra
El 28 de abril de 2010, la cadena de televisión alemana SWR emitió un impactante documental dirigido por Mirko Tomic que esclarecía las miserables condiciones laborales en la producción de hortalizas, de artículos textiles y componentes electrónicos que encontramos en los supermercados descuento, Lidl, Netto y Aldi.

Los grandes supermercados descuento, como Lidl o Kick, encargan grandes pedidos, por lo que las fábricas no pueden prescindir de ellos, y ejercen mucha presión sobre el plazo de entrega, ya que no solamente quieren la mercancía barata, a menudo menos de un dólar por camiseta, sino también quieren disponer de ella rápidamente y en todas sus tiendas simultáneamente. El precio de venta al público de las sudaderas que vemos en la película ronda los 10€ con la marca de la casa de Lidl. Aún con estos precios, el supermercado descuento ya ha conseguido su margen, lo cual no es muy difícil, con unos salarios de 10 céntimos la hora: lo principal es que sea barato. Una vez fuera de la fábrica, en el centro de la superpoblada ciudad, Dacca, nos encontramos con los representantes de los sindicatos textiles en su espartana oficina. Quien no acata las normas, nos informan, es expulsado inmediatamente. Pero no quieren rendirse, al fin y al cabo en Bangladesh existen leyes e incluso un salario mínimo, aunque sea demasiado bajo para poder vivir con él. Por eso, los miembros de la organización siguen saliendo a la calle a manifestarse por la mejora de las condiciones laborales. Orgullosos, nos muestran fotos de los eventos.

Cada vez que el gobierno empeora las condiciones laborales, los miembros del sindicato salen a la calle.
Amirul Amin, dirigente de la organización por los derechos de los trabajadores NGWF, se encuentra en peligro permanente.
Defender los derechos de los trabajadores en un país en el que la corrupción campa a sus anchas es extremadamente peligroso. Sin embargo, él y las mujeres exigen un salario mínimo más alto, una mayor eficacia judicial en la tramitación de las reclamaciones y más controles de la seguridad en el trabajo. Las posibilidades de que sus demandas sean atendidas son escasas. “Así es Bangladesh”, cuenta Amirul Amin. “Una gran parte de la población no tiene trabajo, por lo que los trabajadores no cuentan con la posibilidad de negociar con la dirección. Para las empresas, el hecho de despedir a alguien no representa ningún problema, ya que existe gran cantidad de mano de obra esperando en la puerta. El trabajador, por el contrario, una vez despedido, no encontrará ningún trabajo, por lo que su capacidad de negociación es muy limitada”.

Quien no siga las instrucciones es inmediatamente expulsado, a menudo sin cobrar el trabajo ya realizado. Iniciar un juicio es un proceso largo y caro. Algunas leyes, como la limitación de la cantidad de horas extras que pueden prestarse, son ignoradas. Tanto el salario como las horas extras deben ser pagados hasta el séptimo día del mes siguiente. Según la ley, las horas extras son voluntarias por parte del trabajador, pero la realidad de la industria textil en Bangladesh impone lo contrario.

Aquí no existe la libertad de elección, todo es obligatorio.

Todos los trabajadores tienen que hacer de 5 a 7 horas extras diarias. La jornada laboral normal son ocho horas. Debido a que los pedidos deben ser acabados a tiempo, los trabajadores realizan una jornada laboral que dura 15 horas o más, con una pequeña pausa entre medias. Son prácticas ilegales, pero eso no le preocupa a nadie. Preguntamos a nuestro infiltrado sobre el funcionamiento de los controles estatales y lo que nos cuenta no nos sorprende: “El gobierno no cuenta con suficientes inspectores. No tienen capacidad suficiente para controlar las 4.000 fábricas de textiles de Bangladesh. Hoy en día, en nuestro país contamos con unos 400 inspectores para vigilar todos los sectores de la economía, no solamente el textil, también la construcción, etc. La mayoría de las veces, los controladores no se preocupan de la situación de los trabajadores, solamente de los sobres amarillos. ¿Los conoce? Los sobres que contienen dinero”.

Controladores corruptos y fábricas herméticamente cerradas, un marketing dirigido a no asustar a los consumidores

Algunas empresas afirman orgullosas que aplican estándares de responsabilidad social en sus sistemas: cuando vienen visitas oficiales, se muestra a las madres cuidando a sus hijos en los centros de día de la empresa. Sin embargo, nos cuentan, en cuanto la visita deja las instalaciones, las mujeres deben volver al trabajo.

La globalización y el teórica distribución de puestos de trabajo por todo el mundo que argumentaban sus principales defensores deberían haber ayudado a sacar adelante a los países pobres, pero aquí ya nadie se lo cree.

Tras muchas negativas, por fin logramos entrar de forma oficial como periodistas en una fábrica. La dirección nos permite hablar directamente con las trabajadoras. Aquí también se trabaja para los supermercados descuento, la situación de pedidos no es especialmente buena y hay muchos puestos sin ocupar ante las viejas máquinas de costura. No sabemos quién intimida más a las mujeres, si las cámaras o los encargados.

Queremos saber si sus salarios bastan para vivir. Se nos responde que está bien, que es suficiente para vivir. No nos extraña, ya que cada palabra que dicen queda registrada por los dos encargados. “Bueno, está bien”, responde una joven. “¿Y vive sola, o con otras personas?”, pregunta el periodista. “Compartimos piso entre varios”. Varios millones de mujeres trabajan en la producción textil, en más de 4.000 fábricas. La mayoría de ellas, a pesar de las largas horas extras, viven en los suburbios, en medio de la metrópolis de millones de habitantes. Sólo aquí basta el salario para una vivienda y para alimentar a la familia. Un guía nos acompaña a visitar el lugar, si no fuera por él acabaríamos perdiéndonos. Desde las alturas vemos cómo los suburbios se expanden, una superficie de bambú y chapa metálica que no ofrece ninguna protección contra los bruscos cambios de temperatura del país.

En el interior, reinan las tinieblas. No hay agua corriente, ni baños, ni sanitarios, ni canalización. El gas para cocinar se derviva de algún lugar, el calor y el olor no nos dejan respirar. Nos guían por el barrio, y apenas podemos creer que se pueda vivir en estas circunstancias. Y la gente apenas puede creerse que alguien del rico Este se interese por sus vidas. La mayoría de las familias apenas cuentan con una habitación, con una media de 3 niños por familia. Las redes contra los mosquitos, aunque son todo un lujo, son verdaderamente imprescindibles, ya que el barrio está situado justo a la orilla de un río de agua sucia.

Este es el aspecto de un supermercado en el lugar donde se trabaja para los nuestros: una habitación apenas iluminada por una bombilla.

Incluso sin un encargado que las vigile, es difícil encontrar a una mujer que quiera hablar de forma abierta sobre su situación laboral. Al final logramos que un grupo de mujeres nos cuente cómo les van las cosas a muchas aquí: quien tiene un trabajo y se pasa todo el día en él puede cobrar unos 17€. A eso hay que añadirle el miedo constante a los encargados, que son brutales. Muchas ni siquiera saben cuánto se les debe, ni cuándo se pagan las horas extra. Existe un gran temor a caer enferma, y las mujeres trabajan desde que son bien jóvenes hasta que ya no pueden más. No tienen elección, tienen que ganar dinero para poder sacar adelante a su familia. No pueden contar con los hombres. Tal y como nos contaba el sindicalista, “así es Bangladesh”. Y así seguirá siendo siempre que las formas de hacer negocio, también de los supermercados descuento alemanes, continúen como hasta ahora.

Siempre que a nosotros, los consumidores, solamente nos interese una cuestión: el precio que marca la etiqueta.

Más información

 

El verdadero precio de lo barato V

1 Comment

  1. Solo puedo decir: Rebelión ! Es imprescindible la implantación de un Nuevo Orden de Justicis Universal, y Democrático

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may also like

El menú tóxico del día, Europa descuida sus alimentos

Es sencillo. Basta con procurarse las ofertas de cualquier supermercado. Organizar un menú de tres platos no resulta nada caro. La comida está barata. ¿Condición imprescindible? No mirar ni su procedencia ni su composición. Ya tenemos un menú completo, a buen precio y tóxico.