(III) El verdadero precio de lo barato. Sin derechos laborales.

(III) El verdadero precio de lo barato. Sin derechos laborales.

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los bajos precios de los productos son consecuencia de la ausencia de derechos laborales
El 28 de abril de 2010, la cadena de televisión alemana SWR emitió un impactante documental dirigido por Mirko Tomic que esclarecía las miserables condiciones laborales en la producción de hortalizas, de artículos textiles y componentes electrónicos que encontramos en los supermercados descuento, Lidl, Netto y Aldi.

Las demás no quieren hablar, sólo comer rápido. Se asombran de la visita de los “narices largas” y de que les quieran filmar mientras comen. Sarah Bormann tiene una cita con May Wong, de la organización Globalization Monitor. Las dos mujeres se conocen desde hace años por su trabajo común: May Wong lucha desde 1999 por una mayor seguridad de los trabajadores en China. Desde principio de los años 90 existen unas leyes básicas, tales como el derecho a un contrato laboral, a una baja por maternidad, a días libres, incluso a seguridad social. Sin embargo, muchas empresas ignoran estas normativas y el estado no las persigue por ello. De esta forma, las trabajadoras de las fábricas aún no tienen derechos. Sobre el trabajo de las organizaciones se informa en los periódicos de Hong Kong, pero esta información no llega a las trabajadoras, por lo que la situación sigue estancada.

May Wong, de la organización Globalization Monitor: “Desde los años 80, muchas jóvenes se desplazan del campo a la ciudad en busca de trabajo. En China cuentan con un estatus especial: el hecho de haber llegado a la ciudad no implica que tengan derecho a quedarse en ella. No cuentan con un derecho de residencia permanente y siguen registradas en el campo, lo que implica que si son fichadas como “problemáticas” se las manda de nuevo a sus casas cuando le apetece al oficial o al funcionario. Por eso se dice que son ciudadanos de segunda categoría.”

Hay miles de fábricas como esta, con millones de ciudadanos de segunda categoría, todos estrictamente vigilados, que suelen alojarse en el propio complejo industrial. Los dormitorios de estas residencias son baratos y muy codiciados. Para los propietarios de la fábrica, el negocio es redondo: mediante estos alojamientos pueden recuperar inmediatamente una parte del salario que pagan a sus empleados y, además, mantienen a sus trabajadores permanentemente bajo control.

Cuando hay un pico de producción, sencillamente hay que quedarse a trabajar hasta que se termine el pedido, lo que limita de forma extrema el radio de movimiento de los jóvenes. Muchos apenas pueden salir del recinto para echarle un vistazo a alguna otra oferta laboral. El tiempo libre está muy limitado por sistema. “Suelen ser muy jóvenes”, explica Sarah Bormann, “unos 16 años. Vienen del campo y de pronto se encuentran en la ciudad con una formación escolar media, frente a un patrón extremadamente autoritario que no solamente controla su vida laboral, sino también su vida privada. Las reglas que imponen las fábricas son muy estrictas, en muchos casos les dicen qué peinado deben llevar, cómo deben caminar, etc. Son regímenes de producción muy autoritarios y muy intimidatorios”.

Volvemos a tener suerte y se nos permite ver el interior de una residencia en una fábrica. Las habitaciones, en las que las chicas conviven durante años, pueden alojar hasta 12 jóvenes. Imposible pensar en una vivienda propia, ni siquiera compartida con las colegas: sería un sueño impagable. La única privacidad que existe en la habitación es el pequeño habitáculo que queda tras la cortina de la cama. Esta estrechez y la limitación de movimiento son muy apreciadas y fomentadas por las empresas y el gobierno. Quien se dedica exclusivamente al trabajo y apenas sale de la fábrica no sabe nada de sus derechos y no se le ocurren ideas subversivas. Esta es otra de las estrategias que utiliza el gobierno chino para mantener condiciones baratas para los inversores.

“Los problemas más graves son la violación de los derechos a la libertad de organización, de negociación colectiva”, afirma Sarah Bormann. “Se trabajan horas extras en cantidades desorbitadas y a menudo no se las paga como tal. Las horas extras son obligatorias. Los salarios no bastan para vivir, y los cuidados sanitarios son insuficientes». En las oscuras naves de las fábricas chinas de producción electrónica se filtra solamente una escasa información sobre los derechos de los trabajadores y las obligaciones de los empresarios. Los casos de rebelión en estos lugares son simples y aisladas anécdotas.
Conseguimos una cita secreta con una joven trabajadora en una habitación de hotel lejos de la ciudad. En la fábrica para la que trabaja, nos cuenta, se montan piezas para empresas de renombre tales como Samsung, Panasonic y Appel. Así que no solamente los supermercados descuento, sino también los productos de las grandes marcas se fabrican de forma barata en China, y sus beneficios son superiores. “En un momento dado, se levantaron las protestas”, nos cuenta la trabajadora. “Fue cuando subieron los precios del comedor. Al principio solamente hicieron huelga algunos departamentos, después se unieron cada vez más. Miles de trabajadores dejaron la fábrica y salieron a la calle no de forma agresiva, sino como paseantes”. Las fuerzas de seguridad de la empresa se encontraron indefensas ante la gran masa de manifestantes pacíficos. Entonces llegó la policía. Empezaron por bloquear las calles, después fueron obligando a las mujeres a volver a la fábrica.

El derecho a la huelga no existe en China.

En las fotografías de la acción se ve a miles de personas que no hacían más que alegrarse de la espontánea pausa. Pero estas acciones son la muestra de la predisposición a la resistencia por parte de los trabajadores. Bajo una superficie que parece controlada, algo está hirviendo en el reino de lo barato. Pero mientras los consumidores en Europa sigan demandando ordenadores baratos, el gobierno se seguirá sintiendo legitimado para continuar su opresión. “Por supuesto, ni los representantes de Aldi Sur ni de Aldi Norte han querido hablar con nosotros sobre las condiciones laborales en la producción de ordenadores en China”, dice el periodista de la cadena alemana. “¿Qué podrían decirnos? ¿Que lo sienten? ¿Que no lo sabían?” Otro ejemplo: LIDL El supermercado descuento ha hecho mucha publicidad sobre las condiciones laborales “justas” de sus productos en el lejano oriente.

Compramos unas ropas de Lidl. Con semejantes precios de venta al público, ¿es posible que las condiciones laborales sean justas? Una camiseta por 2,99€, unos pantalones por 7,99€. Con once euros puedo vestirme con la marca Livergy, la marca de la casa de Lidl. “Uno podría no comprarlo, porque es demasiado barato. Yo no soy tan justo”, afirma un consumidor. “Sí que me plantea un problema. Pero yo también tengo que ahorrar”, afirma la segunda entrevistada. “¿Quiere decir que lo compra de todas formas?”, pregunta el periodista. “Si no lo compro yo, lo compran otros”, responde ella. “No se les paga ni cincuenta céntimos la hora, si llega. No, yo no lo compraría”, afirma el tercer entrevistado.

Si miramos las etiquetas detenidamente encontraremos el origen de estas prendas tan baratas: Bangladesh es lo que pone en este caso. Así consigue Lidl los precios tan bajos para nosotros, los consumidores en Alemania. Gisela Burckhardt, de la Campaña Ropas Limpias (CCC), conoce las condiciones laborales del lugar.

Ha logrado que Lidl retire su publicidad sobre los estándares sociales en la producción de sus textiles.

Este es sólo el comienzo. “Las condiciones laborales son extremadamente miserables”, explica Gisela Burckhardt. «En Bangladesh cobran unos salarios con los que no pueden alimentarse. El salario mínimo son 16€ al mes, ni siquiera en Bangladesh se puede vivir con ese dinero mensual. Los trabajadores no pueden organizarse, les es absolutamente imposible afiliarse a ningún sindicato, por ejemplo, desde el que podrían luchar por unos salarios más dignos: en cuanto se organizan les echan a la calle». Volamos a Bangladesh, a la capital Dacca. Aquí viven unos 10 millones de personas, la mayoría de los cuales en condiciones ínfimas. La densidad de población es de 7.000 habitantes por kilómetro cuadrado.

Todo el país tiene una superficie de aproximadamente el doble que el estado alemán de Baviera, con la diferencia de que aquí viven más de 150 millones de personas, y de que en la época de lluvias hasta el 15% de la superficie puede quedar sumergida. Gran parte de la población tiene menos de 30 años. La esperanza de vida es de unos 60 años. En los últimos 20 años la población bengalí ha crecido en unos 25 millones. Muchos adultos son analfabetos.

Si hay algo que sobra en Bangladesh, son personas. Lo que falta son puestos de trabajo de los que se pueda vivir de forma razonable. 4.000 fábricas textiles compiten aquí para lograr pedidos del mundo entero. Este pequeño país es el segundo mayor exportador de textiles del mundo. Para poder acceder a una de estas fábricas se necesita una invitación. Aquí también nos hacemos pasar por hombres de negocio para poder entrar en las fábricas. Dentro encontramos en su mayoría mujeres jóvenes y algunos pocos hombres trabajando en la producción de ropa. A primera vista llama la atención la estrechez en que trabajan. Hay mucho ruido, hace un calor insoportable y apenas se puede respirar.

¿Quién aguanta estas circunstancias durante 8, 10 o más horas diarias?

Tenemos una cita con un infiltrado, que por su propia seguridad prefiere seguir siendo anónimo. Él conoce las entrañas de la producción de textiles en su propio país. “Si visitas las fábricas podrás ver lo jóvenes que son todos los trabajadores, entre dieciocho y veinticinco años. Nadie tiene más de treinta años. El motivo es que nadie sobrevive estas condiciones durante más de 4 ó 5 años. Suelen trabajar sin pausa durante horas, noches enteras”, explica. Un ritmo de trabajo asesino que es común en Bangladesh. En esta fábrica se produce para Lidl. Tres plantas, tres mil trabajadores, todos los días hasta que se acaba el pedido.

Globalization Monitor Gisela Burckhardt, de la Campaña Ropas Limpias (CCC) (en alemán)

 

El verdadero precio de lo barato IV

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