(II) Manual de instrucciones para la debacle

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Dmitry Orlov es el autor del libro Reinventing Collapse. Este pionero colapsitario, que vive en un barco velero en Boston desde el que edita su blog Cluborlov, hace unos años predijo la caída de EEUU como superpotencia económica. Una vez sus predicciones se vieron confirmadas por la actual crisis global, Orlov fue invitado a hablar sobre su visión del futuro que nos espera y las medidas que, como ciudadanos, deberíamos ir poniendo en marcha. Durante su ponencia en la fundación Long Now Foundation en febrero 2009, Dmitry Orlov reconocía que su afición visionaria era un mal negocio, ya que “una vez ha comenzado el derrumbe, nadie se acuerda del que venía advirtiendo desde hace tiempo”.

¿Hasta dónde hemos llegado?

Desvelar todas estas ideas a mediados de los 90 a Orlov no le pareció una buena idea. EEUU estaba celebrando su denominada victoria sobre la guerra fría, intentando superar su síndrome de Vietnam bombardeando Iraq, y su política exterior alardeaba de ser una superpotencia y de su enorme influencia sobre el resto del mundo.

Muchos acontecimientos de la época rayaban en lo absurdo: el profesor Fukuyama afirmaba que la historia se había acabado, que estábamos construyendo un nuevo mundo donde China produciría multitud de artículos de plástico para nuestro consumo e India sería el servicio de atención al cliente cuando estos productos chinos fallaran. Nosotros pagaríamos todo esto gracias a los beneficios que nos generarían nuestras inversiones inmobiliarias, haciendo como que las casas valían mucho dinero, cuando en realidad no eran más que cartón piedra. Estábamos viviendo la economía del cuento de la lechera. Y ahora nos damos cuenta de que los últimos 5 ó 6 años de crecimiento económico no eran más que una alucinación, un enorme castillo de naipes basado en el endeudamiento.

Mientras todo esto ocurría, yo me guardé mi teoría comparativa del hundimiento de las superpotencias. La importación de petróleo es el talón de Aquiles de la economía estadounidense. A mediados de los noventa, el peak oil se había calculado que llegaría para el cambio de siglo. Pero luego ocurrieron algunas cosas que lo retrasaron otra media década, lo que podemos resumir en las siguientes palabras: “la información llega a la velocidad de la luz, la ignorancia, sin embargo, es instantánea en todos los rincones del planeta”. Hace cinco años, decidí que había llegado el momento de hablar: en junio de 2005 publiqué un artículo denominado “Postsoviet lessons for a postamerican century”. Después, formalicé mis teorías en el Collapse Gap Concept, presentado en abril de 2006 en una conferencia en Manhattan. En enero de 2008 publiqué un pequeño artículo denominado “Las cinco fases del hundimiento”, que expuse en diversas conferencias. En mi blog acabo de anunciar que voy a dejar de hacer predicciones: una vez iniciado el hundimiento, ha llegado la hora de prepararse.

El título de la conferencia, Social Collapse Best Practices (Manual de instrucciones para la debacle) implica la adopción de técnicas útiles que se han puesto en práctica en el pasado y que pueden aplicarse en situaciones nuevas. Esta es una buena forma de no perder el tiempo experimentando con nuevas técnicas que pueden fallar y centrarnos directamente a aquellas cuyo funcionamiento ha sido probado. Hay una creencia común equivocada según la cual, cuando llegue el hundimiento, nada seguirá en pie.

El hundimiento será un proceso de degeneración paulatina.

Lo que sí se hundirá definitivamente serán las antiguas formas de hacer las cosas: los valores quedarán invalidados, las metas convencionales y la medida del éxito serán irrelevantes y deberán ser sustituidos de inmediato por nuevos objetivos, por nuevos valores y medidas de éxito. Hay otro concepto fundamental que debemos entender para adaptarnos al nuevo escenario: las cosas no son positivas ni negativas por sí mismas, sino que hay que situarlas dentro de un contexto. Por ello, existen muchas probabilidades de que las cosas que eran negativas antes del hundimiento se vuelvan positivas, y viceversa. Por ejemplo, en el ámbito de la macroeconomía, antes del hundimiento el crecimiento continuo era un concepto valorado muy positivamente. Sin embargo, en la actualidad nos encontramos ante una contracción de la economía en cuyo contexto el crecimiento es improbable. En esta situación, los gobiernos tratan de mantener la calma describiendo el panorama como “ligeramente” peor o mejor de lo que se esperaba y los medios de comunicación reiteran que nos encontramos a meses o años de la recuperación, y de que los negocios retomen su funcionamiento habitual.

Sin embargo, un análisis de los objetivos macroeconómicos de Washington nos muestra una situación muy distinta: 1) Como no hemos aprendido nada del aumento de precios de los bienes de consumo, seguimos buscando el crecimiento, lo que requiere un estímulo económico: imprimir dinero. Quizás esta vez logremos la hiperinflación. 2) Estabilizar las instituciones financieras para que los bancos puedan seguir prestando dinero y permitir que el ciudadano continúe endeudándose. 3) Crear puestos de trabajo, aunque sean mano de obra barata como hemos venido haciendo hasta ahora, sin seguridad ni beneficios. Sin embargo, en muchos casos, el trabajo supone una fuente de endeudamiento para muchos trabajadores. Hasta aquí hemos llegado: el barco está encallado, el nivel del mar está subiendo y el capitán grita “¡a toda máquina!”. ¿Qué hacer? ¿Desertar? ¿Ayudar a los que se están subiendo a los botes salvavidas? En cualquier caso, yo no recomendaría a nadie que se quedara mirando impasible.

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