Hacia otro modelo agrícola

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Joel Salatin es ganadero, conferenciante y autor de diversos libros sobre agricultura y autosuficiencia alimentaria. En el duodécimo capítulo de la serie “Peak Oil and a Changing Climate” (El cenit del petróleo y el cambio climático), de la revista especializada The Nation y la productora On The Earth, el autor destacaba los principales retos a los que se enfrentan los ciudadanos de EEUU, cada vez más dependientes de la ganadería industrial, que requiere energía barata para ser económicamente viable. El autor denuncia las normativas que benefician a la ganadería industrial e impiden que los individuos mantengan granjas sostenibles.

Salatin denomina este fenómeno “la inquisición de los alimentos”. Según él, la reglamentación creada por el gobierno estadounidense hace posible que “excluyamos del mercado de forma caprichosa y arbitraria a los pequeños productores, envasadores y elaboradores de alimentos locales.” Salatin promueve la descentralización de la producción de alimentos y afirma que EEUU cuenta con treintaycinco millones de acres de terreno, que debería estar mucho mejor utilizado para evitar que los norteamericanos pasen hambre cuando el pico del petróleo comience a tener un impacto real. Además, este carismático granjero anima a los estadounidenses a dejar de adquirir alimentos procesados y “a volver a la cocina”.

Salatin cree que las comunidades deberían contar con su propia cultura culinaria y redescubrir las recetas domésticas. Las granjas industriales, también llamadas Concentrated Animals Feeding Operations (CAFO) son el ejemplo perfecto de un modelo que solamente parece viable mientras existen los combustibles baratos. Todo su proceso utiliza enormes cantidades de energía y no podría existir si el petróleo barato desapareciera: por un lado están las enormes concentraciones de animales, cuyos alimentos les llegan desde lejos, lo que conlleva un enorme gasto de combustible; además, esos alimentos provienen de una agricultura industrial que utiliza gran cantidad de petróleo en forma de fertilizantes, que también se transportan desde lejos; a esto hay que incluir la energía que se consume durante el proceso de secado de los piensos, todo esto solamente para hacer llegar los alimentos hasta los animales.

Las explotaciones agrícolas invierten de media el 50% de su presupuesto en combustibles. Joel Salatin, ganadero, conferenciante y autor de diversos libros sobre agricultura y autosuficiencia alimentaria, afirma que su granja solamente destina el 5% de su presupuesto a combustibles. Gracias a esta reducción, según sus cálculos, aunque el precio del diesel llegara a 8 o 10 dólares el galón, su negocio seguiría siendo viable.

Después a los animales hay que sacarlos y procesarlos en otro lugar, transportar sus excrementos y, por último, el producto final (la carne, los productos lácteos, etc.) se transportan hasta el consumidor, que se encuentra a miles de kilómetros de distancia… Estamos haciendo cosas tan ridículas como premiar a las cocinas públicas que mandan todos sus desechos a compostar a ocho millas de distancia. Todo este proceso también requiere mucha energía. ¿Por qué no colocar el gallinero próximo a la misma cocina, de forma que los pollos se coman los restos de la cocina y los huevos vayan directamente a la misma? De esta forma consigues un ciclo cerrado en el que no se requiere ningún combustible, solamente se requeriría la energía de las personas que empujan un carrito de un lado a otro. Eso es un sistema integrado. ¿Se podría alimentar al mundo de esta manera? EEUU cuenta con una superficie de 35 millones de acres de césped, y otros 36 millones de acres ocupados por caballos de recreo. Ambas superficies suman un total de 71 millones de acres, más que suficiente para cultivar todos los alimentos necesarios en EEUU sin una sola granja.

El problema, lo que está impidiendo que esto ocurra es toda una serie de normativas que prohíben por ejemplo la tenencia de gallinas en una vivienda, porque dicen que son sucias; o comprar leche o queso directamente de un granjero; o sacrificar un pollo, o hacer salchichas y vendérselas a tu vecino, a no ser que cuentes con una instalación de acero inoxidable que cuesta 500.000 dólares, está completamente esterilizada y en la que un inspector se sienta y le da al botón en caso de que pase algo… A esto le llamo yo la Inquisición de los Alimentos. En este país existe una Inquisición de los Alimentos que no reconoce la transparencia inherente de los sistemas de alimentos locales, cuya seguridad es comparable a la de toda la documentación y papeleo de otros sistemas de producción en cadena. Esta influencia gubernamental y legislativa está creando una serie de normativas que excluyen del mercado de forma caprichosa y arbitraria a los pequeños productores y elaboradores locales. Como yo digo, cuando el gobierno se entromete en lo que como o dejo de comer, se está inmiscuyendo en mi privacidad. Una civilización como la nuestra, en la que el ciudadano medio ha sido apartado de tal manera de la producción de alimentos, no puede sobrevivir. Cuando asumimos esta verdad universal, la siguiente pregunta debe ser: ¿cómo vuelvo a conectarme? Seguramente existen multitud de respuestas, pero la mía, para el ciudadano de a pie, es: compra alimentos no procesados.

Este acto tiene dos consecuencias: en primer lugar, evitamos la tremenda industria del procesado de alimentos, que desintegra la herencia culinaria y la sustituye por unos ingredientes que ni siquiera podemos pronunciar (si nos fijamos en las etiquetas, veremos que el 80% de los ingredientes son impronunciables). Estoy convencido de que los “alimentos impronunciables” van a convertirse en una de las atrocidades más graves de nuestra civilización. Si queremos librarnos de estos alimentos impronunciables tendremos que comprar alimentos no procesados y volver a nuestras cocinas. Ninguna sociedad jamás se ha gastado tantísimo dinero en modernizar y equipar sus cocinas y, sin embargo, ha estado más perdida en ellas de lo que lo estamos nosotros. Cerremos las revistas del corazón, levantémonos del sofá, y alegrémonos de poder redescubrir las artes culinarias domésticas. Esta combinación de adquisición de alimentos no procesados y de redescubrimiento de las artes culinarias domésticas va a suponer un freno a la elaboración de alimentos. Al mismo tiempo, esto llevará a los consumidores a adquirir productos locales, porque los agricultores y los granjeros locales no elaboran los alimentos de la forma que lo hace la industria. Además, el consumidor va a liberarse de la necesidad de recurrir al supermercado cada vez que necesita alimentos ya que, una vez haya descubierto sus habilidades culinarias, podrá adquirir alimentos directamente del agricultor y, así, empezar a relocalizar la economía.

Esto requiere un cambio de mentalidad: mientras sigas creyendo que el desayuno lo componen las galletas y los cereales envasados, mientras estés convencido de que la cena es una caja de pizza congelada o un plato preparado, mientras todo esto siga considerándose alimentos, seguiremos potenciando el diseño industrial del actual sistema alimentario. Tenemos que comprar alimentos sin elaborar y volver a nuestras cocinas para recuperar la tradición culinaria de nuestras comunidades. He aquí algo que me parece inmoral: en el lugar donde vivo se están construyendo de quinientas a ochocientas viviendas anuales. En ninguna de esas nuevas urbanizaciones he visto ni una sola casa que tenga un invernadero en su jardín. Absolutamente todos los espacios dirigidos al sur deberían contar con un invernadero o un solario. Esto no tiene ninguna dificultad, y sin embargo no hay nadie que lo esté haciendo: un solario no solamente reduce tu factura energética, ya que recoge la energía del sol y calienta la casa; además, en él se pueden cultivar alimentos frescos para la cocina durante el invierno, de forma que no tenemos que adquirir alimentos provenientes de California, que además pueden estar contagiados de e-coli. Hace poco pasé una semana en California y me encontré con que todo el mundo se está preguntando ¿puede California alimentarse a sí misma, con su enorme población? Pues bien, California puede alimentarse perfectamente si deja de producir alimentos para toda la costa Este. Por ejemplo: si todo el petróleo que se consume en el transporte refrigerado, que en invierno lleva frutas y verduras insípidas desde California hasta la costa Este del país, si todo ese petróleo se utilizara para producir plásticos para invernaderos y solarios en la costa Este, no necesitaríamos el sistema de autopistas, ni de transporte por camiones, California podría alimentar a California y la Costa Este podría alimentar a la Costa Este gracias a esta prolongación de la temporada agrícola. No costaría ningún dinero: dejamos de costear el transporte para invertir en prolongar la temporada de cultivo. Además, nos alimentamos mejor, no consumimos energía en transporte y nos ahorramos toda la inversión necesaria para mantener el sistema de autopistas. Por otro lado, seguro que a mucha gente que trabaja en ese tema también les gustaría ser agricultores, o muchos de ellos que cultivan alimentos de forma parcial podrían dedicarse enteramente a ello. En resumen, no creo que podamos lograr ningún sistema “razonable” en términos de consumo energético mientras mantengamos esta segregación mundial del sistema alimentario.

La producción de alimentos debe integrarse, lo que implica que nuestros jardines deben transformarse en paisajes comestibles; nuestras cocinas necesitan tener las granjas de pollos integradas a ellas; las zonas soleadas deben contar con solarios. Entonces podremos comenzar con los retretes de compost, y arreglar los sistemas sanitarios, integrar los flujos de alimentos, de energía y de desechos. Esta es la única forma de acortar la cadena alimentaria, reducir al mínimo el consumo energético de la misma y hacer que se cierre el círculo y forme parte del biociclo local.

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