¿Es la salud un negocio?

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Las desigualdades en materia de salud se están agrandando. Si bien en muchos sectores sanitarios se han registrado importantes avances, éstas mejoras no afectan a los más necesitados. Según Pierre Verbeeren, Director General de Médicos del Mundo, es necesario poner en marcha una serie de medidas estructurales y especificas para la salud de los más pobres.

El pasado mes de abril, la ONG Médicos del Mundo reunió a algunos de sus miembros frente al palacio Real de París. Portando letras del tamaño de una persona, los miembros de la ONG formaron la frase “La salud no es un negocio”. Las ambulancias que desfilaron durante la protesta eran limusinas, y los utensilios médicos se presentaban en vitrinas blindadas. Esta puesta en escena simboliza una realidad cada vez más aguda: la salud es un lujo al alcance de quienes puedan pagarlo.

En todo el mundo se han registrado grandes progresos en materia de sanidad durante los últimos 20 años. Estos indiscutibles progresos no han beneficiado a las poblaciones más pobres del planeta. Al contrario, si se analiza de forma global, el balance resulta muy amargo para los más pobres. Si bien la mortalidad infantil ha disminuido un tercio estos últimos 20 años, un niño africano de cada ocho muere antes de cumplir cinco años. En Europa esta relación es de 1/167. Cada día mueren en el mundo 1.000 mujeres debido a complicaciones durante el embarazo o en el parto. De estas 1.000 mujeres, 570 viven en el África subsahariana, 300 en el Sur Asiático y sólo 5 en los países ricos. En un país como Malí, se ha censado menos de un médico por cada 10.000 habitantes, cuando en Europa son casi 30. La relación de gastos sanitarios entres los países ricos y los más pobres es de 1/1000. Según Pierre Verbeeren, “Los más necesitados son los más excluidos”. “Estos datos los constatamos en todo el mundo, incluso en Europa. Hay familias de siete miembros viviendo en pisos de dos habitaciones, personas que duermen en la calle, niños que viven en fábricas abandonadas, mujeres embarazadas que sólo hablan el dialecto de sus países de origen, trabajadoras del sexo… por lo general, las personas que necesitan más ayuda debido a su dependencia reciben menos ayuda que la media.

Podemos preguntarnos legítimamente si el objetivo del estado, al acusarlos de ser responsables de su precariedad, no es el de obstaculizar el acceso de los pobres a los servicios sanitarios .Sea como sea el resultado es obvio: las personas pobres retrasan o incluso renuncian a los cuidados sanitarios. Peor aún, en ciertos casos, no tiene ni siquiera acceso a los mismos

El Doctor Luc Berghmans, de la Universidad Libre de Bruselas, aporta los siguientes datos de Bélgica: un 20% de adultos graduados en enseñanza media declara sufrir al menos dos enfermedades crónicas, los de enseñanza superior son sólo el 5%. En el caso de la depresión, esta enfermedad mental afecta al 17% de personas menos favorecidas y a un 6% de aquellas mejor situadas económicamente. Para los casos de sobrepeso, tabaquismo, inactividad física etc., se observa la misma tendencia

”. Para luchar contra estas desigualdades sociales no es necesario implantar dispositivos generales que amplíen de forma cualitativa o cuantitativa la cobertura sanitaria, sino la puesta en marcha de medidas específicas que tengan como objetivo a las poblaciones más precarias. En el ejemplo de Bélgica, que valdría igualmente para muchas otras naciones, pese a que el estado tiene la voluntad de ayudar a los más necesitados, no existen estrategias de lucha para combatir las desigualdades sanitarias.

Es el momento de reivindicar una atención específica para los más necesitados.

Existen tres razones contemporáneas para reivindicar una atención específica para los más necesitados. Primero porque el estado, en teoría protector, y debido a una creciente insensibilidad, pasa a ser un depredador él mismo. Porque las crispaciones políticas actuales tienden peligrosamente a hacer responsables de los problemas a los más vulnerables. Sin techo, inmigrantes, exiliados, sin papeles, minorías étnicas, personas que se prostituyen, todos a quienes Médicos del Mundo viene ayudando desde hace décadas, son considerados más como una amenaza que como colectivos precarios. La sociedad, después de constatar que estos grupos sufren especialmente una serie de problemas, tiende a creer que si estos colectivos no pueden adaptarse a ningún sitio es en parte por su culpa. Expulsiones repetidas (del trabajo, de la vivienda, de las instituciones de ayuda) acaban por desmantelar su vida. De esta forma, una vez acabado el invierno, las personas sin techo vuelven a la calle y se exponen a los controles policiales y a la expulsión del país.» Todas estas estrategias tienen por objetivo ordenar el desorden de los grupos precarios y acaban por generar un malestar perjudicial para la salud. Si la pobreza es un factor de desigualdad en el ámbito sanitario, la estigmatización de los pobres tiene, por su parte, repercusiones sobre sus condiciones de vida y, por consiguiente, sobre su salud.

Por ello, más que un estado que cura, es un estado que daña. Médicos del Mundo hace sonar la alarma :” la presión ejercida sobre los ciudadanos más necesitados deteriora su salud año tras año. Si existe una urgencia humanitaria hoy en día esta es la de aprender a que la pobreza nos indigne, no a estigmatizarla.

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