El turismo en el punto de mira medioambiental

El turismo en el punto de mira medioambiental

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El turismo ocupa un lugar privilegiado en la economía mundial. Sólo en 2010, el número de viajeros alcanzó los 940 millones, cifra que supuso todo un récord. De estos viajeros, sólo un 15% se desplazó por motivos laborales y el 51% eran turistas que viajaban por placer. El turista se ha convertido en un consumidor de productos preseleccionados por los grandes operadores internacionales. Esta oferta tan homogénea conlleva unas consecuencias para el entorno de acogida y, si su desarrollo no se controla debidamente, es fuente de amenazas ecológicas y de problemas sociales. El impacto negativo del turismo sobre el medio ambiente está relacionado con la necesidad de modificar el espacio para llevar a cabo construcciones e infraestructuras de transporte y alojamiento. De esta forma se altera el paisaje y el terreno perturbando la vida salvaje y erosionando el litoral hasta niveles críticos en muchos países (Túnez, India, Filipinas, etc.)

El consumo de recursos, particularmente en zonas donde ya son escasos, resulta un problema grave. De esta forma, en los países del sur, los turistas utilizan una media de entre 7 y 10 veces más agua que la población local. Como ejemplo, en Filipinas, el agua utilizada para mantener un campo de golf permitiría abastecer las necesidades cotidianas de 15.000 habitantes de Manila o de 60.000 de zonas rurales. Otro aspecto que se debe tener en cuenta son los daños que se causan a la naturaleza: contaminación acústica y luminosa e invasión de espacios salvajes, que forman un cóctel que altera el equilibrio de los ecosistemas llegando incluso a la aniquilación de especies vulnerables de la flora y fauna del lugar. Por otro lado, los comportamientos o gestos individuales suponen también un impacto negativo sobre los ecosistemas: muchos turistas se llevan como “souvenir” una planta o un trozo de coral, con el consiguiente daño sobre la naturaleza. El turismo llega a ser un pez que se muerde la cola: la industria contribuye al deterioro y a su vez es víctima de él. A medida que el turismo se industrializa en las zonas más visitadas, los encantos de un lugar, aquello que formaba parte de su atracción, tienden a desaparecer. Ante esta pérdida de encanto, los turistas vuelven a buscar destinos más “auténticos” y mejor “conservados” pero menos organizados para recibir de forma masiva a los viajeros. Esto lleva a repetir el mismo tipo de conductas y así se cierra el círculo vicioso. Lo peor, el transporte: A escala global, el transporte representa el principal impacto medioambiental del turismo. En 2010, en todo el mundo, un 51% de los viajeros se desplazaron en avión, 41% por carretera, 6% en barco y 2% en tren. Teniendo en cuenta el número de pasajeros y los kilómetros recorridos, el transporte aéreo y el automóvil son los más contaminantes. En un intento de vender su producto y adecuarlo a una tendencia más verde, las compañías aéreas llegaron a anunciar que viajar en avión era más ecológico que hacerlo en automóvil particular ya que sólo consumía de 3 a 3,5 litros de combustible cada 100 km por asiento. El problema es que raramente un avión viaja completo. Por otra parte, en este cálculo engañoso no se están teniendo en cuenta las emisiones de otros gases de efecto invernadero aparte del CO2, como tampoco se tiene en cuenta que el impacto del CO2 sobre el medioambiente se refuerza con la altitud a que se emite (forzante radiactivo). El automóvil es un medio de transporte contaminante pero, si este se ocupa con varias personas, se puede atenuar su impacto de forma importante. El turista que quiera reducir su huella ecológica deberá utilizar la bicicleta, la marcha, el tren y, siempre que pueda, hacer turismo local. Impacto social y económico: En los países del sur, los impactos sociales negativos del desarrollo turístico son múltiples: desplazamiento de poblaciones debido a la construcción de infraestructuras, abusos laborales, trabajo mal pagado y poco cualificado, mercantilización de las culturas, aumento generalizado de los precios, exclusividad otorgada a los turistas en el acceso a diversos servicios y turismo sexual. Sin embargo, el turismo puede ser un recurso formidable para aquellos países en desarrollo y para muchas poblaciones. Puede crear empleo y generar riqueza; puede permitir a aquellos países que no poseen recursos agrícolas, mineros o industriales desarrollarse partiendo del aprovechamiento de sus riquezas naturales y patrimoniales. Lamentablemente, el funcionamiento del turismo de masas no permite todo esto. Los beneficios del turismo de masas van a parar, en su mayor parte, a los países ricos, sede de las multinacionales del sector, las cuales controlan todas las actividades económicas relacionadas (hostelería, transportes terrestres, logística, restauración, ocio, etc.) En función del tipo de turismo, los beneficios para los países visitados van de un 10% hasta un 40% como máximo de la cifra de negocio. Viajar de otra forma: ojo con el ecoblanqueo Se pueden conciliar presupuesto y conservación del medioambiente. Cada año surgen nuevas iniciativas y se desarrollan nuevos tipos de turismo, códigos de conducta y certificaciones destinadas a hacer frente a una demanda de otro tipo de condiciones y formas de negocio. Como en todos los sectores y en todas las iniciativas de futuro, el consumidor debe prestar especial atención y no fiarse de las descripciones sin exigir más detalles sobre las bondades del producto o servicio. El oportunismo es algo común y el turismo no va a ser menos. Además, no existe una certificación única, por lo que las iniciativas que proponen un turismo diferente suelen ser muy variadas. Según la Organización Mundial del Turismo, para garantizar el desarrollo sostenible del sector hay que lograr un equilibrio entre aspectos medioambientales, económicos y socioculturales. El turismo sostenible debe: explotar de forma óptima los recursos del medioambiente que constituyen un elemento clave del aprovechamiento turístico, respetando los procesos ecológicos esenciales y colaborando en la conservación de los recursos naturales y la biodiversidad; respetar la autenticidad sociocultural de las comunidades de acogida contribuyendo a la tolerancia intercultural; garantizar una actividad económica viable a largo plazo ofreciendo a todas las partes implicadas las ventajas socioeconómicas repartidas de forma justa, especialmente el empleo estable y los servicios sociales. El turismo responsable debe colaborar en la lucha contra la pobreza.

Fotografía de Pep Cortés

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