El reloj del largo ahora

El reloj del largo ahora

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La fundación Long Now (el largo ahora) se creó en 1996 para promover el pensamiento a largo plazo e incitar a la toma de responsabilidades sobre los acontecimientos que tendrán lugar en los próximos 10.000 años. Para ello, la fundación está llevando a cabo una serie de proyectos entre los que se incluye la construcción de un gigantesco reloj mecánico que marcará la hora durante dicho periodo y cuyo primer prototipo puede verse en el Museo de las Ciencias en Londres. El escritor ganador de un premio Pulitzer, Michael Chabon, escribía en enero 2006 sobre el reloj de la fundación un artículo del que, a continuación, ofrecemos un extracto.

El reloj de la fundación Long Now será una especie de ordenador mecánico gigantesco, lento, sencillo e ingenioso que marcará la hora, el día, el año, el siglo, el milenio y la precesión que los equinoccios. Tendrá sesenta pies de altura, costará decenas de millones de dólares y, una vez finalizado, sus diseñadores y patrocinadores (entre los que se encuentran el ingeniero visionario Danny Hillis, Stewart Brand, autor de Whole Earth Catalogue, y el compositor británico Brian Eno) tienen previsto esconderlo en una cueva en el parque nacional de Great Basin en Nevada (EEUU), a un día a pie de la civilización.

La idea es que el reloj funcione durante 10.000 años, lo que viene a ser el tiempo que nos separa de las primeras piezas de alfarería, el doble del tiempo que lleva en pie la pirámide de Keops y el doble de la edad de una de las momias más antiguas que se conocen, en los Alpes suizos. Pero, aunque no aguantara tanto tiempo, aunque ni siquiera llegara a construirse, el reloj de la fundación Long Now ya habría logrado su objetivo principal: revivir y restaurar el concepto de futuro, volver a hacernos reflexionar sobre él, reintroducir la idea de que no sólo legamos el futuro, sino que también lo heredamos. Porque, ¿quién puede imaginarse el futuro dentro de diez mil años? Si resulta que el reloj funciona, ¿crees que habrá algún ser humano que lo testifique, o que lamente su muerte, o que admire sus logros, su fiabilidad, su enorme antigüedad? ¿Eres capaz de imaginar la vida más allá de la vida de tus hijos, de sus hijos, de las próximas dos o tres generaciones? La literatura sobre el futuro siempre fue mayoritariamente optimista sobre las bendiciones de la tecnología y la benevolente meritocracia asistida por ordenador. Pero, a principios de los setenta, empezaron a aparecer las primeras visiones apocalípticas: si el holocausto nuclear no acababa por borrar todo del mapa, el ser humano quedaba esclavizado por los ordenadores, o “La Máquina”, como se venía denominando. La trilogía Hestoniana que comenzó con la primera parte de El Planeta de los Simios (1968), El Último Hombre Vivo (1971) y Cuando el Destino nos Alcance (1973) maduró en los álbumes de rock contemporáneos, tales como Diamond Dogs (1974), de David Bowie, o 2112 (1976) de Rush. Asimismo, el futuro que presentaban los escritores de ciencia ficción en los setenta, tales como John Brunner, tendía a ser desolador.

Sin embargo, estas historias del futuro ofrecían una atractiva ambigüedad. La otra cara del maravilloso futuro de los Supersónicos bien podría ser una tecnotiranía planetaria de las multinacionales; pero la otra cara del paisaje postapocalíptico de pesadilla mutacional representado en El Último Hombre Vivo ofrecía un esplendor casi salvaje y una libertad para vagar, como la que se encontrada en las páginas del libro de aventuras de Jack Kirby Kamandi, El Último Niño (1972-76). Esa ambigüedad y su enorme atractivo, la tensión entre la promesa de esplendor y la amenaza desoladora del futuro, narraban la historia de cómo la humanidad continuaría en pie a pesar de todo. No sé qué fue del futuro. Es como si hubiéramos perdido nuestra capacidad, o nuestra voluntad, de prever lo que ocurrirá más allá de los próximos cien años. Como si hubiéramos perdido la fe fundamental en que habrá futuro más allá de una fecha no muy lejana.

“Los Sex Pistols tenían razón”, afirma Michael Chabon. “No hay futuro para ti ni para mí”.

O quizás dejamos de hablar del futuro cuando este llegó, con sus microchips y sus ciclos ininterrumpidos de noticias durante veinticuatro horas: reproducción humana sin material genético masculino, virus digitales, robo de identidad, robots bomberos y artificieros, control climático, ingeniería farmacéutica para manipular el estado de ánimo, rápida extinción de las especies, imperios de aire acondicionado en el Desierto Arábigo, corporatocracia internacional, gran hermano… Otros escenarios, tales como la colonización interplanetaria, los ordenadores con sentimientos, la inmortalidad de la conciencia mediante el trasplante de cerebro, el gobierno global… han sido representados tantísimas veces en películas, novelas y televisión que han llegado a parecernos, paradójicamente, ya logrados, conocidos, vividos y pasados.

En otras palabras, ya no forman parte del futuro, sino del pasado. El futuro ha sido representado tantas veces y durante tanto tiempo, digamos desde Julio Verne en adelante, que en cierto momento la idea del futuro, junto con el apetito cultural por el mismo, se convirtió en algo histórico, pasado de moda, que ya no es viable y no puede conseguirse. Cuando le pregunto a mi hijo de ocho años qué piensa sobre el futuro, siempre se muestra convencido de que el mundo se va a acabar, muy probablemente debido al calentamiento global (inundaciones, tormentas, desertificación…), aunque no queda excluida la posibilidad de una pandemia vírica, un impacto de meteorito o alguna fuga nuclear. Tal vez no mañana, ni el año que viene. Es el mundo después de los próximos cien años lo que le deja en blanco. Mi hijo está convencido de que todo, toda la creación humana y su futuro, están acabados, y cree que está viviendo la última página, el último párrafo de un libro largo, extraño y desconcertante. No solamente está convencido de ello, sino que siente que nuestra eventual extinción sería en cierta medida algo justo, que el mundo sería un lugar mejor sin los seres humanos viviendo en él. Es descorazonador. Cuando le conté a mi hijo la historia del reloj de la fundación Long Now, me escuchó con mucha atención, y me preguntó: “¿De verdad habrá gente dentro de 10.000 años?”. Sin dudar, le contesté “Sí”. No sé si es cierto, como tampoco lo saben Danny Hillis y los colegas. Pero con el hecho de tener hijos, de amarlos, de enseñarlos a amar y a proteger el mundo, los padres están apostando por el reloj de la fundación Long Now. Apuestan por sus hijos y por los que vendrán después, desde ahora hasta el año 12.006. Si no crees en el futuro, sin reservas, con ilusiones, si no estás dispuesto a apostar que habrá alguien ahí para llorar cuando el reloj finalmente se pare, dentro de diez mil años, no entiendo cómo puedes tener hijos.

Si tienes hijos, no entiendo cómo no haces todo lo que está en tus manos por ganar tu apuesta, y para que ellos, y sus nietos, y los nietos de sus nietos, hereden un mundo cuya perfección nunca puede ser lograda por criaturas cuya imaginación para perfeccionarlo es ilimitada y libre. Y tampoco sé cómo alguien va a hacerme pagar por mi apuesta si resulta que, al final, la pierdo.

Artículo originalmente publicado en la revista Details en enero 2006

The Long Now Foundation

Sobre el reloj en la revista Wired

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