El impacto real de lo que comemos

El impacto real de lo que comemos

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Si bien existen sellos que identifican a los alimentos provenientes del comercio justo y de la agricultura ecológica, el impacto medioambiental de los productos alimentarios sigue sin cuantificarse de forma rigurosa. Esta falta de información dificulta la tarea del consumidor que desea elegir siempre aquellos productos menos dañinos para el medio ambiente. Dicho daño o impacto medioambiental depende, en primer lugar, de la forma o método con que se han cultivado las plantas pero, al igual que cualquier producto o bien de consumo, los alimentos conllevan un impacto medioambiental relacionado con su fabricación, elaboración y transporte. Un riguroso análisis llevado a cabo en Suiza y centrado en el balance ecológico de los alimentos reveló que aproximadamente un tercio de la contaminación está relacionada con el consumo de alimentos, especialmente de la carne y productos de origen animal. La Oficina Federal para el Medio Ambiente suiza (OFEV) encargó a un grupo de expertos un análisis sobre el balance ecológico de los alimentos que se consumen de forma habitual. Los cálculos realizados muestran que se necesitan 80 litros de gasolina para producir los alimentos que el ciudadano medio consume cada mes. Esta cifra sólo tiene en cuenta la energía utilizada para cultivar, transformar y transportar los productos, pero debemos considerar que, entre el huerto y la mesa, el ciclo de vida de los alimentos también comprende la compra, la refrigeración, la preparación y la eliminación de embalajes y residuos domésticos. Todo este ciclo consume una energía que, normalmente, se obtiene a partir de combustibles fósiles, que emiten a la atmósfera gases de efecto invernadero entre otros contaminantes. El estudio encargado por la OFEV analizó la producción de alimentos y sus requisitos en materia no solamente de energía (petróleo, gas natural y electricidad), sino también su consumo de otros recursos tales como la tierra agrícola, el agua y la materia orgánica, y su utilización de los medios de producción como la maquinaria agrícola, los abonos, los pesticidas y las instalaciones destinadas a la recogida, a la selección, el lavado, el almacenamiento y el envasado. Cada una de estas etapas genera unas emisiones que contaminan la tierra, el aire y el agua o contribuyen de forma directa o indirecta al cambio climático. Según los datos revelados por el estudio, este fenómeno se acentúa en el caso de los productos de origen animal como la carne o el queso. Si se tienen en cuenta todos los aspectos que suponen una repercusión sobre el medio ambiente, el aprovisionamiento de alimentos en un país como Suiza representa aproximadamente el 30% de la contaminación relacionada con el consumo. Para llegar a esta conclusión, el equipo de investigación suizo utilizó el método de “saturación ecológica”, que incluye también los daños causados a otros países por los productos importados. El equipo de científicos elaboró un indicativo que permite medir el balance ecológico de cientos de alimentos durante todo su ciclo de vida, las unidades de costo ecológico (UCE). Estas unidades, ponderadas en función de la magnitud de los problemas medioambientales, del consumo de recursos y de las diferentes emisiones, permiten obtener una puntuación para comparar alimentos, modos de preparación y menús completos.

El balance ecológico permite obtener una visión del impacto medioambiental teniendo en cuenta los métodos de cultivo y los procesos de fabricación para que agricultores, empresas de elaboración y grandes centros de distribución y ventas de alimentos puedan mejorar su oferta desde el punto de vista ecológico en función de criterios científicos. En lo concerniente a los consumidores, éstos pueden valerse de esta información para elegir una alimentación más adecuada y más respetuosa con el medio ambiente y, de esta forma, influenciar la producción y la oferta en los comercios.

El transporte de alimentos.

El transporte aéreo es especialmente dañino para el medio ambiente. Para un determinado peso o carga, el avión emite diez veces más gases de efecto invernadero por kilómetro que un barco. Se puede tomar como ejemplo el caso del supermercado suizo Migros, cuya oferta de fruta importada en avión supone solamente un 0,5% del total, pero que representa un tercio de las emisiones de gas de efecto invernadero debidas al transporte de la fruta en general. Por esta razón, varios supermercados suizos etiquetan los alimentos que han sido transportados por avión con la identificación “by air”. Por su parte, el sello ecológico del país alpino, “Bio Suisse”, permite identificar aquellos alimentos que no han sido transportados por avión ni cultivados en invernaderos calentados artificialmente. La OFEV quiso que se compararan diferentes variantes de un menú a base de carne, patatas y verduras. Según los resultados del estudio, la carne se revela como decisiva en el balance ecológico del menú. En la comparación que se llevó a cabo, el aporte de proteínas fue el criterio más importante. Carne Un plato de guisado de ternera con puré de patatas y judías verdes equivale a más de 6.000 UCE. Si se opta por sustituir la ternera por champiñones, el impacto se divide entre cuatro. Si en lugar de ternera se consume pollo, el mismo plato contiene 3.000 UCE, ya que el pollo aprovecha su pienso mucho mejor que las vacas.

Patatas.

La preparación de las patatas, que sólo representan un 10% del balance total de un menú con carne, no supone prácticamente ninguna variación sobre el balance total del plato. Otras fuentes de glúcidos como el arroz o la pasta son insignificantes para el total de UCE. Si deseamos mejorar el resultado en algún pequeño porcentaje, sería mejor elegir arroz que pasta, ya que el balance se ve afectado debido a la lixiviación de nitratos en las aguas subterráneas por el cultivo de cereales.

Judías.

En las verduras se aprecian las mayores diferencias. El impacto de las judías verdes de temporada cultivadas en Suiza durante el verano es aproximadamente diez veces menor que las importadas de Egipto por avión. Sin embargo, si estas judías se cultivan en el mismo país utilizando invernaderos acondicionados artificialmente, el impacto sería similar. Si estas judías se cultivan en zonas cuyos recursos hídricos son débiles y se sobreexplotan, su impacto puede ser idéntico a las que se transportan en avión. Si se desea consumir judías fuera de temporada, desde un punto de vista ecológico es mejor elegir verduras secas que hayan sido cultivadas en el propio país o en el extranjero o judías en conserva. Los balances ecológicos de estas judías son todos similares y cinco veces mejores que las judías frescas importadas y transportadas por avión. Los costes ecológicos de las judías congeladas son 1,5 veces más elevados. Esto es debido a la utilización de energías no renovables para su refrigeración.

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