¿El hambre como estrategia?

¿El hambre como estrategia?

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Se ha difundido la información de que el aumento de la demanda mundial de alimentos es consecuencia directa del desarrollo económico del mundo en los últimos años. Sin embargo, según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), este aumento en la demanda de alimentos responde a una estrategia política de Estados Unidos y los gobiernos de la Unión Europea y es el resultado de una” clara y reversible tendencia política”.

Según muestra un informe de la FAO publicado el pasado mes de julio, los precios de los alimentos permanecen inestables y tienden al alza desde hace una década. La fluctuación de los precios hizo que estos se multiplicaran por dos entre los años 1990 y 2005. El alza de los precios alcanzó un primer pico en 2008, dando lugar a graves disturbios sociales en varios países; en 2010 se registró un segundo pico que aún no ha cesado de ascender. Así, el precio de los cereales aumentaba un 57% entre junio y diciembre de 2010.

La demanda crece impulsada por los agrocombustibles.

El alza del precio de los alimentos puede explicarse en función de varios factores: cierre de las exportaciones en tiempos de crisis, especulación, disminución y distribución desigual de reservas (China, desde 1990, controla el 75% de las reservas mundiales de maíz, el 50% del trigo y el 78% del arroz), disminución de las inversiones y de los gastos públicos en agricultura desde 1980, etc. Sin embargo, la FAO apunta a fenómenos a más largo plazo, como la creciente demanda de productos agrícolas, y distingue entre necesidad y demanda. “No es que no existan suficientes recursos para abastecer la necesidad humana, sino que no se puede satisfacer la demanda”, concluye el informe.

«Parece bastante claro que la ilimitada demanda de productos alimentarios por parte de los consumidores ricos genera un impacto negativo en la economía de los consumidores más pobres. La demanda tiende a ser presentada como una variable externa que no puede ser negociada. Esto es falso. Al contrario, sabemos que los niveles de consumo de los países ricos no pueden extenderse a todos los ciudadanos en un mundo que crece y que albergará a 9.000 millones de seres humanos«, afirma el informe de la FAO.

La demanda de productos alimentarios es considerada inflexible y se aceleró entre los años 1990 y 2000 incitada por el aumento de los salarios y la urbanización en los países emergentes. La consecuencia de todo esto es una modificación de los hábitos alimentarios, que conlleva un incremento del consumo de azúcar, aceite y carne. De esta forma, en China, el consumo de leche se ha duplicado y el de carne se ha cuadruplicado desde el año 1960. Estos datos contrastan con el consumo de cereales, que ha registrado un aumento de tan sólo un 1,8% desde 1980. Por lo tanto, el aumento de la demanda radica principalmente en los agrocombustibles, cuya industria, con sede en países emergentes y en países desarrollados, absorbe un 40% del maíz producido en Estados Unidos y dos tercios de los aceites vegetales de la Unión Europea.

Este espectacular desarrollo se ha producido, según la FAO, como consecuencia de un apoyo público masivo en forma de subvenciones, de exoneración de impuestos y obligaciones de compra que, entre Europa y Estados Unidos, alcanza la cifra de 5.600 millones de euros. Mientras tanto, el apoyo al resto de sectores agrícolas ha disminuido. El informe de la FAO rompe con el mito de que el aumento del consumo en países como China o India ha propiciado un aumento de la demanda global y el consiguiente alza del precio de los cereales. La FAO teme que esta voraz demanda acabe con el aumento de la producción agrícola: si bien la producción mundial se triplicó entre 1960 y 2005, la tendencia es a disminuir, tal y como lo muestran los rendimientos del arroz en varias regiones asiáticas.

Los rendimientos de las variedades mejoradas de productos básicos son prácticamente los mismos que hace treinta años, las innovaciones llevadas a cabo en las plantas sólo han servido para crear nuevos parásitos y enfermedades cada vez más resistentes. Los recursos en los que se basa este tipo de agricultura (fosfatos para los abonos, petróleo y agua) son cada vez más escasos. En cuanto a la tierra, cada año se destruyen 10 millones de hectáreas debido a la sobreexplotación del terreno, entre un 10% y un 15% de tierras de regadío se ven afectadas por la salinización. En lo referente a la contaminación, el impacto global del nitrógeno (efecto que se comprueba con la proliferación de algas verdes) supondría un coste de entre 70.000 y 230.000 millones de euros anuales, cifra que equivale a más del doble de los beneficios provenientes de la agricultura. La organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) advierte de que la crisis del hambre reciente en Etiopía, Kenia, Uganda y Djibuti podría extenderse. El ejemplo de Etiopía muestra cómo el afán de lucro y el hambre de tierras, promovido por la política europea de agrocombustibles, destruyen el sustento de los pobres. A pesar de que antes de la sequía ya había 2,8 millones de personas que dependían de la ayuda alimentaria, el Gobierno etíope continúa ofreciendo más de 3 mil millones de hectáreas de las tierras más fértiles a futuros compradores. En los últimos años, más de 50.000 millones de hectáreas de tierra (incluidas las reservas de agua) fueron vendidas a los Hedge-funds, a inversiones de bancos, a gobiernos extranjeros y a inversores privados. Los campesinos fueron literalmente privados de sus medios de subsistencia.

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