Cultivar para cambiar la ciudad

Cultivar para cambiar la ciudad

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Cultivar tus propios alimentos es garantizar la soberanía alimentaria

La creciente conciencia ecológica y la necesidad por parte de los ciudadanos de retomar el vínculo con sus alimentos han hecho de la azada el nuevo símbolo de la juventud acomodada en el país de las oportunidades.

En EEUU, al igual que en muchos otros países, la agricultura urbana está viviendo un insólito auge.

En cada jardín de las afueras, en cada balcón, donde antes había un césped bien cortado o unas macetas con flores exóticas, lucen ahora cultivos de berenjenas, lechugas y espinacas. Las empresas dedicadas al cultivo y la comercialización de alimentos locales brotan como setas y son muchos los ciudadanos que se autodefinen como «locávoros”», personas que se alimentan con productos locales.

Cultivar en las ciudades es tendencia en eeuu

Muchos restaurantes ya han sabido interpretar esta tendencia y proponen en sus cartas platos en los que indican la proveniencia local de muchos de sus ingredientes.

Sin embargo, la agricultura urbana no es un interés exclusivo de gente pudiente, sino que se trata de una herramienta imprescindible para luchar contra el aumento del desequilibrio económico entre los ciudadanos.

El consumo de alimentos locales es una de las formas más sostenibles de alimentarse: consumir productos de cercanía implica no solamente evitar el enorme consumo energético que conllevan el transporte y la conservación de los alimentos, sino también apoyar a la economía local y fomentar el abastecimiento mediante circuitos de proximidad.

Hay que proteger al comercio local

Las personas interesadas en el consumo de los alimentos locales, también llamados “locávoros”, son muy conscientes de dónde compran y a quién apoyan con su consumo y normalmente toman sus decisiones basándose en criterios de sostenibilidad y respeto al medio ambiente. Si, además, un locávoro conoce a quien ha cultivado sus alimentos o los ha producido él mismo, esta forma de consumo resulta la mejor garantía de calidad.

Basándose en esta premisa, los espacios privados de EEUU llevan ya años convertidos en huertos donde las hierbas, frutas y hortalizas son las niñas mimadas del jardín. Los balcones y las azoteas de las ciudades, los jardines de los barrios periféricos se han transformado en lugares donde, además de un buen entretenimiento, los ciudadanos encuentran una fuente de alimentos frescos y saludables.

Esta tendencia, que se observa en los barrios de moda en EEUU, no ha dejado de encontrar voces críticas que nos repiten que el cultivo de tus propias frutas y hortalizas acaba resultando más caro que la compra en el supermercado. Además, ¿quién puede pasarse en el jardín las horas necesarias para cuidar de las delicadas plantas?

La imagen que se nos viene a la cabeza es la de jubilados y jóvenes adinerados que no necesitan trabajar largas jornadas para poderse pagar el jardín donde cultivar el susodicho huerto. De nuevo, todo parece indicar que una forma de vida ecológica es para quien se la pueda permitir.

Cultivar y consumir en circuitos cortos

Sin embargo, para no caer en los antiguos tópicos, merece la pena analizar los orígenes del cultivo en las ciudades.

A pesar de que la agricultura urbana puede parecer una actividad lúdica que lleva a cabo un colectivo de nostálgicos sin preocupaciones económicas, en realidad esta actividad nació de la necesidad en una época de graves dificultades económicas: en EEUU, la industria fabricante que había mantenido miles de puestos de trabajo en las ciudades empezó a decaer en los años 70, cuando las fábricas comenzaron su deslocalización hacia lugares donde la producción resultaba más barata.

Al mismo tiempo, las familias comenzaron a trasladarse a los barrios periféricos, lo que dejó un panorama desolador en los centros de las ciudades.

En algunos lugares como Nueva York y Chicago, el desempleo y el abandono de los centros urbanos propiciaron la caída en picado de los precios del alquiler y muchos propietarios de pronto se encontraron con más deudas que ingresos provenientes de su propiedad.

La solución, a menudo, la buscaban en la quema de la propiedad para así recurrir a las compensaciones que los seguros les proporcionaban.

De las cenizas, sin embargo, surgieron los huertos creados por los habitantes del lugar, que encontraban en el cultivo no solamente una fuente de alimentos saludables y baratos, sino también la fuerza de la unión y la lucha por la supervivencia de la comunidad.

En muchos lugares en los que ni siquiera quedaban ya supermercados donde adquirir productos frescos y saludables, los residentes se dedicaron a limpiar y desescombrar los solares abandonados y a traer sustrato y semillas para el cultivo.

Los huertos que se crearon conformaron no solamente una fuente de alimentos frescos, sino también un punto de encuentro donde los vecinos formaron una organización para luchar contra la inflación, los problemas medioambientales y el declive urbano.

Durante los años noventa, en EEUU la agricultura urbana ya había comenzado a echar raíces y algunas celebridades, tales como el jugador de baloncesto Will Allen, fundaron organizaciones de cultivo de alimentos en las que empleaban a jóvenes parados y colectivos en riesgo de exclusión.

Comprendiendo el potencial económico de esta actividad, las iniciativas de este tipo empezaron a expandirse por los barrios más desfavorecidos de Brooklyn, Boston y Oakland y hoy en día conforman un enorme apoyo a la economía local.

Algunas de estas iniciativas de cultivo urbano que funcionan como entes públicos, sin ánimo de lucro, son Great Kids Farm y Real Food Farm.

A lo largo del tiempo, a estas iniciativas se han ido uniendo empresas privadas, atraídas por el potencial de este sector en la ciudad.

Así pues, la agricultura urbana se sustenta en dos pilares fundamentales: la sostenibilidad y la reactivación económica.

El nuevo enfoque de esta actividad se adecúa perfectamente a la actual situación económica en nuestras ciudades, donde la agricultura urbana puede generar puestos de trabajo sostenibles que fomenten la economía local al mismo tiempo que se reduce la contaminación y el estrés y se aportan una serie de ventajas de incalculable valor a la sociedad.

Para lograr unas ciudades más sostenibles y preparadas para luchar contra el cambio climático, la agricultura urbana desempeña un papel primordial que puede ayudar a resolver muchos de los diversos problemas a que nos enfrentamos.

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