Cultivando en las aceras de LA

Cultivando en las aceras de LA

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Ron Finley es diseñador de moda y vive en una zona deprimida en el sur de la ciudad de Los Ángeles, en California. Un día, este ciudadano estadounidense aficionado a la jardinería decidió ponerse a cultivar en el descuidado terreno que había en la acera frente a su casa. Finley no solamente quería cultivar sus propios alimentos: el lugar donde decidió hacerlo era lo suficientemente público y visible como para llamar la atención de todo el que pasara por delante, por lo que podría servir de inspiración a quien tuviera la más mínima curiosidad por la naturaleza. El diseñador, que vive en uno de los barrios que en EEUU se denominan “desiertos de comida” debido a la escasez de alimentos frescos y de tiendas donde adquirirlos, forma parte de un movimiento que está cambiando la forma de entender la alimentación y el papel que cada uno de nosotros desempeñamos en ella: la jardinería de guerrilla o “guerrilla gardening”. “En el barrio hay kilómetros y kilómetros de aceras en las que no hay absolutamente nada, sólo un césped descuidado. ¿Por qué no ponernos a cultivar alimentos?” Ese fue el planteamiento de Finley cuando, tras acudir a un curso de horticultura impartido por Florence Nishida, profesora e impulsora de los jardines comestibles en Los Ángeles, decidió crear su propio huerto en el terreno de la acera frente a su casa. Este espacio se encuentra en todas las aceras del barrio, entre la carretera y las viviendas.

“Una sola planta puede dar miles de semillas que el viento dispersa”, comenta Finley. “De pronto oyes a algún vecino sorprendido porque le ha crecido una planta de brócoli en su jardín”.

Es un espacio público, que pertenece al ayuntamiento, pero que deben mantener los propietarios de las viviendas. “Al principio no tenía ni idea de agricultura. Plantaba algo en la tierra y observaba a ver qué pasaba”, narra Finley al diario L.A. Times. Cuando terminó el curso, con la ayuda de su profesora y sus compañeros de clase, Finley construyó una cama para empezar a cultivar sus propios alimentos frente a su hogar. En primavera, con los retoños de tomates, pepinos, melones, calabazas, brócoli y cebolla, entre muchos otros, asomando por todas partes, el nuevo jardín comestible se convirtió en un punto de atracción ante el que los caminantes se detenían a observar, catar las verduras y charlar con su creador. Para Finely, lo más importante de la experiencia fue la comunidad que se creó en torno al huerto: “Veía gente a todas horas del día frente al jardín, observándolo y preguntándose qué sería esto y lo otro”. Algunos se paraban a conversar con él sobre los cultivos, otros se preguntaban en qué consistía la idea y él a todos les decía que se llevaran lo que quisieran. “Para eso está en la calle, para que los vecinos puedan llevarse los frutos a casa, para que puedan empezar a retomar una alimentación más saludable y, quién sabe, quizás inspirarse y hacer ellos lo mismo”.

“Muchos de los vecinos son gente de campo. Vinieron a la ciudad a trabajar y de pronto se encontraron encerrados en un bloque de apartamentos”, dice Finley. “Para ellos, cultivar representa una oportunidad para volver a sus orígenes”. A pesar del cambio que había vivido el pequeño terreno, no a todo el mundo pareció gustarle la idea: un día, Finley recibió una notificación de las autoridades multándole por su creatividad hortícola. Los cultivos de la acera frente a su casa sobrepasaban la altura máxima delimitada por la normativa municipal, por lo que le invitaban a retirarlos o pagar una multa de 400 dólares. Finely ya tenía experiencia en estos asuntos: hacía unos años que, ante la amenaza de multa, había tenido que cortar unos plataneros en el mismo lugar. En esta ocasión, decidió rebelarse contra la injusta medida. Con ayuda de las firmas recaudadas a través de Change.org y el apoyo de los vecinos, tras meses de lucha con las autoridades Finley logró hacer que estas retiraran los cargos contra su jardín. En el sur de Los Ángeles, uno de cada dos niños contraerá una enfermedad evitable, y lo hará sencillamente por la mala alimentación. En mi barrio, los comercios no venden frutas ni verduras, solamente refrescos y comidas elaboradas. Aquí hay kilómetros y kilómetros de aceras en las que no hay absolutamente nada, sólo césped. ¿Por qué no ponernos a cultivar alimentos?” Tras la experiencia, Finley decidió fundar una organización, LA Green Grounds, dedicada al fomento de la horticultura y a la creación de jardines comestibles. Con sede en el sur de Los Ángeles, la organización está formada por voluntarios que ayudan a quienes quieran cultivar sus propias frutas y hortalizas ecológicas en su propia casa. Para ello, el interesado acoge un evento en el que vecinos, amigos y familia le ayudarán a crear su propio huerto en casa. Los voluntarios de LA Green Grounds colaboran con el diseño, la creación y el mantenimiento del mismo. De esta forma, todos los participantes aprenden mediante la experiencia y la participación colaborativa

. Ron Finley en Ted Talks

LA Green Grounds

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