Cuando Europa no quería coches

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No se trata de un informe publicado por un grupo ecologista ni por una ONG. Fue la misma Comisión Europea la que en 1992 encargó a un grupo de expertos (TECNOSER) en movilidad sostenible la realización de un estudio acerca de la posibilidad de crear ciudades sin automóviles. Los resultados del estudio se publicaron un año más tarde y fueron presentados oficialmente por el comisario de medioambiente de la Comisión Carlo Ripa di Meana. El estudio, que pasó a ser confidencial desde el mismo día de su presentación y que actualmente es imposible encontrar en internet, se titulaba “Investigación para una ciudad sin automóviles”. En junio de 1992 el comisario europeo responsable de medioambiente, Carlo Ripa di Meana, quiso poner en cuestión el dominio que el automóvil particular ejercía (y aún sigue ejerciendo) sobre la movilidad en las ciudades. Para el responsable político europeo, el uso abusivo del automóvil había provocado una crisis en la relación entre la ciudad y el automóvil particular. Así lo expresaba en público: “Nuestras ciudades están asfixiadas. El tráfico ha modificado su aspecto, estructura y funcionamiento. El uso abusivo del automóvil particular con fines privados ha creado unas terribles roturas en el tejido urbano. Además de la contaminación y del ruido, el automóvil es el responsable de la dispersión de los pueblos y ciudades, de la construcción de barrios en las afueras de las ciudades y de la creación de ciudades dormitorio en las que se producen multitud de tensiones sociales”.

Según el estudio llevado a cabo en 1992 por encargo de la Comisión Europea, sería posible imaginar y concebir una ciudad liberada del automóvil. Esta ciudad libre de ruidos y humos costaría entre 2 y 5 veces menos que nuestras ciudades congestionadas y, según confirmaba la Comisión, la “desmotorización” de la ciudad resultaría muy beneficiosa en términos generales. El estudio recomendaba una movilidad peatonal para distancias cortas y el uso de los transportes públicos para las distancias más largas. Además, resaltaba la importancia de que estos transportes fueran puntuales, cómodos y poco contaminantes. Para conseguir invertir la tendencia se necesitaría tener acceso a unos amplios recursos.

Este estudio es aún más extraordinario debido a que, si bien los principales motivos que movieron a la Comisión a encargarlo fueron de índole medioambiental y ecológica, el aspecto económico no era menos importante. Este estudio no está disponible en la red, pero el periodista francés Benoit Lambert publicó un extenso extracto del mismo en un artículo sobre el movimiento “Ciclo-Ecologista”.

El estudio demuestra que : – Las ciudades sin automóviles, cuyo concepto urbanístico es acorde con el modelo del Libro Verde y que están dotadas de un sistema de transportes pensado expresamente para ellas, no sólo son más viables desde todos los puntos de vista (tanto social como ecológico), sino que son más accesibles y se recorren de forma más sencilla y en menos tiempo. – El predominio del automóvil no se basa sobre ninguna ley fundamental del mercado, sino sobre su violación y sobre la ignorancia acerca de su impacto ecológico. Este dominio del automóvil en las ciudades se ve favorecido por el vacío institucional al que se enfrentan los responsables políticos cuando pretenden llevar a cabo una nueva tarea: adaptar el transporte a la ciudad. – La hipotética creación de una ciudad sin automóviles se muestra perfectamente realizable desde todos los aspectos, comenzando por el económico.

No sólo crearíamos la ciudad sin automóviles porque es bueno para la salud de las personas, para el medioambiente y la economía, sino que reconvertiríamos la industria del automóvil. Quién sabe, ¿quizás para construir tranvías?

¿Qué ocurrió para que un proyecto como éste, realizado de forma seria por un equipo de especialistas en movilidad sostenible y defendido por el comisario europeo del medioambiente, acabara en los archivos de la Comunidad Económica Europea? Una vez se ha constatado el perjuicio medioambiental y para la salud de las personas, además de comprobarse que no supone ninguna ventaja económica global, ¿por qué mantener a cualquier precio una sociedad dominada por el automóvil? La Comisión Europea no pedía a los fabricantes de automóviles que dejaran de producir, ya que el automóvil seguiría siendo muy útil para las largas distancias, pero su fabricación estaría asociada a la producción de medios de transporte público eficaces y atractivos para el ciudadano. Una vez se consiguiera apartar al automóvil de las ciudades, se deberían aplicar políticas a largo plazo en las que se instaurara el principio de que quien contamina paga. Veinte años después, el automovilista sigue sin pagar por los daños que origina a pesar de la existencia de numerosas tasas impositivas. Si se realizara un cálculo económico sobre los costes que originan las externalidades negativas del automóvil (los costes derivados de los accidentes de tráfico, los problemas de salud pública relacionados con la contaminación del aire, el ruido, los daños causados por el cambio climático, la degradación de monumentos y fachadas de los edificios, los costes sociales relacionados con el sedentarismo y la disminución de la biodiversidad, etc.), los gastos serían imposibles de asumir para la mayoría de conductores.

Por lo tanto, se puede afirmar que hubo un momento histórico entre 1991 y 1992 en el que el automóvil estuvo a punto de desaparecer de las ciudades europeas, al menos en el espíritu de ciertos tecnócratas de alto nivel de las instancias europeas. Si bien no se puede hablar de rotundo éxito, en muchas ciudades se consiguieron muchas mejoras desde entonces: peatonalización de muchos centros urbanos, desarrollo de medios de transporte público, etc. Por otro lado, el estudio propició la creación del “Club de Ciudadades sin Coches” en 1994, convertido en la “Red de Ciudades sin Coches”, que actualmente ya no existe. Una de las propuestas de dicha red fueron las “Jornadas sin Coches” que se empezaron a organizar entre 1996 y 1997 y que se abandonaron en Europa en 2007.

Hoy en día, la Comisión Europea trabaja mano a mano con la industria del automóvil para, con enormes dificultades, neutralizar algunos gramos de CO2/Km generados por los millones de automóviles producidos por los fabricantes europeos. Cuando desde la Comisión se habla de “Ciudades sin Automóviles” para 2050, se está hablando de la desaparición de motores térmicos, que serán sustituidos por motores eléctricos.

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