Comida: el delito del derroche

Comida: el delito del derroche

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Es evidente que por mucho que se investigue en materia de energía, aquella más limpia será la que no se consuma nunca. Lo primero que se debería hacer es lograr que la eficiencia sea máxima. Si un tercio del calor generado por un sistema de calefacción se pierde por el techo de la casa, el balance será siempre negativo. Con la comida es aún peor. Todo el gasto y el impacto que conlleva llevar un producto sea fresco o elaborado al mercado, se multiplica por una cifra muy alta si este producto no llega al estómago de una persona. El derroche de alimentos debería ser el primer reto en el que trabajar para conseguir la imprescindible soberanía alimentaria y luchar contra el hambre y la malnutrición que padecen más de 1.000 millones de personas en todo el mundo. Se estima que entre un 30 y un 50% de la comida producida en el mundo, es decir, de 1,2 a 2 billones de toneladas, acaba en el vertedero antes de llegar al estómago de las personas. Este hecho es aún más indignante sabiendo que en el planeta hay aproximadamente 1.000 millones de personas que pasan hambre o comen poco y mal. Por otra parte, la urgencia se acelera más si cabe cuando se prevé que para finales de este siglo habrán 2.500 bocas más que alimentar. Estas son algunas de las conclusiones del informe “Global Food; Waste Not, Want Not”, publicado recientemente por la “Institution of Mechanical Engineers”, organización británica de los ingenieros mecánicos.

Según el estudio, en Europa y Estados Unidos especialmente, los consumidores arrojan al cubo de la basura casi la mitad de la comida que compran. Hay múltiples factores que propician esta sinrazón. Por un lado la a veces demasiado estricta política de caducidad de muchos productos, las ofertas dos por tres que tanto atraen a los consumidores, el hábito equivocado del consumidor occidental que busca siempre aquellos productos, especialmente los frescos, cuya apariencia estética les parece mejor, las malas prácticas agrícolas y las infraestructuras inadecuadas para el almacenaje.

 

En los países en vías de desarrollo, o países emergentes como se suelen denominar actualmente, las pérdidas de alimentos tienen lugar al principio de la cadena alimentaria, entre el campo y el mercado, en su mayor parte debido a recolecciones ineficaces, infraestructuras y transporte deficientes y las condiciones precarias en las que se encuentran los lugares de almacenamiento. Conforme el nivel de desarrollo de los diferentes Estados aumenta, el problema se desplaza hacia el final de la cadena alimentaria. En el sureste asiático, las pérdidas de arroz se sitúan entre el 37 y el 80% de la producción. En China, el porcentaje de pérdidas de arroz es del 45%, en Vietnam alcanza el 80%. En los países desarrollados, debido a unas buenas infraestructuras, los alimentos llegan prácticamente en su totalidad al consumidor. En estos países las pérdidas se deben al comportamiento poco responsable de los consumidores y a unas campañas de marketing que buscan únicamente vender una mayor cantidad de producto. En el Reino Unido se deja sin recolectar casi un 30% de los cultivos de legumbres.

Una hectárea de tierra de cultivo, por ejemplo, produce suficiente arroz o patatas para dar de comer a unas 19 o 22 personas. La misma área de terreno producirá carne de cordero o de buey para sólo 1 o 2 personas
En la mayoría de los casos se conocen las soluciones sostenibles para reducir el despilfarro. El reto está en hacer que lleguen al lugar donde se necesitan y crear el entorno político y social adecuado para lograr transferir los conocimientos necesarios y la puesta en marcha de dichas soluciones.

Estas pérdidas no se limitan a los residuos generados por los alimentos que no se consumen, el derroche es tangible en todos los eslabones de la cadena de producción alimentaria, en el uso de la tierra, del agua y de la energía. El caso del agua es especialmente llamativo: Aproximadamente 550.000 millones de metros cúbicos de agua se pierden haciendo crecer cosechas que no llegarán nunca al consumidor.

Debido a este derroche y al aumento de la población, la demanda de agua podría alcanzar entre los 10 y los 13 mil millardos de metros cúbicos por año en 2050. Esta cantidad supone el triple que en la actualidad. Si se lograra resolver este problema con la ayuda de todos, se podrían ofrecer entre un 60 a un 100% más de alimentos a las personas sin necesidad de aumentar la producción. Además se liberaría mucha tierra y se disminuiría el consumo de energía.

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