Aumenta el debate de la carne

Aumenta el debate de la carne

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Comer carne era, no hace mucho tiempo, un lujo y la garantía de una buena alimentación. Actualmente las cosas han cambiado radicalmente de forma que muchas personas, especialmente aquellas informadas y concienciadas con los problemas globales del planeta, están dejando a un lado los productos cárnicos para seguir una dieta más acorde con sus ideas. Si queremos seguir comiendo carne, al menos deberíamos preguntarnos: ¿qué cantidad comer? ¿cuál? , ¿de dónde procede y cómo fue producida? La carne producida en granjas intensivas no es sana debido al uso generalizado de antibióticos y hormonas, así como el uso excesivo de productos químicos sintéticos en los cultivos destinados a alimentar el ganado.

Aumenta el debate de la carne

 

Europa consume cada vez menos carne y productos derivados. Un ejemplo claro es Alemania, país tradicionalmente carnívoro cuyos habitantes van apartando los productos cárnicos de su dieta. Además, los alemanes exigen más y más garantías acerca de la proveniencia y métodos de producción de la carne que consumen. En el año 2013, los ciudadanos alemanes consumieron una media de 2 kilos de carne menos que en 2012. Alemania, que aún sigue siendo el país más carnívoro con un consumo de 60 kilos de carne anuales por persona, tiene 7 millones de vegetarianos que no cesan de crecer.

Los consumidores de los países industrializados, bien informados, no pueden ignorar los efectos tan negativos que supone el consumo de carne para la salud propia, para el planeta y para el bienestar de los animales. En muchos países, los consumidores están hartos de ser engañados por la industria agroalimentaria. En lugar de usar dinero público para subvencionar granjas industriales- tal y como se hace en Estados Unidos y en Europa- los consumidores quieren que se implanten políticas racionales que fomenten una producción ganadera ecológica, social y ética.

El temor que produce haber asistido a varios escándalos alimentarios y las crecientes preocupaciones del ciudadano por su salud hacen que, en los últimos años, tanto europeos como norteamericanos hayan reducido el consumo de carne. Estos datos quedan reflejados en el Atlas de la Carne, publicado por los Amigos de la Tierra en colaboración con la Fundación Heinrich-Böll.

Un alto consumo de carne propicia un tipo de agricultura intensiva altamente contaminante. Finalmente, la dieta no es una cuestión personal, cada comida supone un efecto real en la vida de las personas en todo el mundo. El medioambiente y la biodiversidad no son tenidos en cuenta cuando se prepara una pieza de carne. La protección medioambiental pasa por un cambio en el consumo de carne y por el desarrollo de métodos de producción muy alejados de los actuales.

Detrás de la consolidación de la industria cárnica mundial se esconden enormes intereses económicos que hacen que el mercado esté concentrado en pocas manos, hecho que perjudica a los pequeños productores y por consiguiente a los consumidores que ven cómo la calidad de un producto ofrece muchas dudas. El precio que marca la etiqueta de una bandeja de carne en cualquier supermercado no refleja los verdaderos costes del producto. Existen otros costes que permanecen ocultos al consumidor y que afectan directamente al medioambiente y a los contribuyentes.

El Tratado de Libre Comercio Trasatlántico, negociado recientemente entre Europa y Estados Unidos y que promete la creación de numerosos puestos de trabajo, propiciará también una arriesgada “relajación” en las normas de protección de los consumidores ante los bienes de consumo. Por todo ello es de vital importancia que el consumidor exija garantías a la hora de comprar. La trazabilidad de la carne, los métodos de producción y el trato que reciben los animales deberían comenzar a estar presentes en la lista de la compra.

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Atlas de la Carne

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