Aprender a disfrutar comiendo sano

Aprender a disfrutar comiendo sano

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Food Fight es la historia de la revolución del buen gusto culinario que está teniendo lugar en EEUU. La película, dirigida por Christopher Taylor, narra cómo, en tan sólo dos generaciones, los norteamericanos han engordado a base de comida basura. Actualmente, la estadounidense es la sociedad que mayor índice de obesidad y enfermedades cardiovasculares padece en el mundo entero. Es un sistema que no se da cuenta de que, cuanto más dinero ahorra en comida, más se elevan sus gastos en sanidad. En una nación en la que muchos ciudadanos no tienen acceso a frutas y hortalizas frescas, que no solamente no saben cómo se cultivan los alimentos, sino tampoco a qué saben, está teniendo lugar una revolución que quiere retomar el gusto por la buena comida. Food Fight es el documental que nos narra esta maravillosa aventura hacia los sabores y aromas gastronómicos. EEUU fue durante un tiempo una nación hambrienta. En los reclutamientos del ejército para la II Guerra Mundial, los jóvenes que se presentaban tenían un aspecto tan lamentable que los responsables políticos se vieron obligados fomentar nuevas formas de cultivar y conservar alimentos. Gracias a los fertilizantes y pesticidas se logró aumentar de forma exponencial la productividad del campo. Sin embargo, la superproducción que esto fomentó hizo que la industria tuviera que ingeniárselas para vender más alimentos elaborados de los que eran necesarios. Lamentablemente, en el proceso se perdieron los sabores: los tomates, por ejemplo, no podían madurar bajo el sol si se querían transportar y vender al otro lado del país, y muchos norteamericanos olvidaron el placer de degustar los alimentos.

Fue más adelante, con el nacimiento de la contracultura de los años 60, cuando se descubrió que la forma de vida y los alimentos que se consumen son mucho más que costumbres y conforman verdaderos actos políticos; que las ideas políticas no pueden separarse de la cotidianeidad. Los ciudadanos descubrieron que las mismas empresas que envenenaban sus campos eran las que estaban envenenando a los campesinos de Vietnam, y comenzaron a luchar contra ellas. Alice Waters, autora y propietaria de un restaurante clasificado como “uno de los 50 mejores del mundo”, fue la primera que dio un paso adelante para crear un enclave donde sus clientes pudieran reunirse no solamente para discutir sobre política, sino también para disfrutar de la comida.
Su restaurante Chez Panisse, en California, quiso involucrar a la gente mediante el sentido del gusto, conquistarles y educarles en el placer de la comida. Fue ella quien más insistió en relocalizar los ingredientes, convencida de que estos no tenían por qué venir del otro lado del mundo para tener buen sabor, de que también podían cultivarse en el patio trasero, lo que los hace más sabrosos y nutritivos. Alice Waters nunca fue una luchadora por la comida ecológica, sino por el sabor: por el camino descubrió que los alimentos locales y ecológicos eran la respuesta a lo que estaba buscando. Gracias a ella y a las exigencias de su cocina se creó una red de proveedores locales, una pequeña economía alternativa al sistema de distribución convencional mediante la que Chez Panisse podría ofrecer a sus clientes lo que estos querían comer, no lo que el gobierno estadounidense quería que comieran. Este representó el comienzo de una verdadera revolución: los chefs empezaron a exigir estos productos y los agricultores empezaron a darse cuenta de que, si diversificaban sus cultivos, podrían ganar más dinero que con los monocultivos que se les proponían mediante las subvenciones del gobierno (sistema que apoyaba a las grandes empresas elaboradoras que compraban ingredientes baratos, aplastando a los pequeños productores con su maquinaria industrial): los mercados de alimentos locales empezaron a proliferar primero en California para después extenderse por todo el país.
En el año 2007, en EEUU ya había más de 4.500 mercados donde se vende exclusivamente alimentos producidos en la zona. En la actualidad, la lucha de estos pioneros por el placer de comer continúa y se extiende a los servicios públicos. Un claro ejemplo de ello son los comedores escolares, en cuyas cocinas se siguen sirviendo platos con comidas industriales, ateniéndose más al ahorro que a la salud de los jóvenes. “Queremos cambiar todo el sistema de comedores escolares para que dejen de ofrecer comida barata. Los buenos alimentos deberían ser un derecho, no un lujo”, afirma Alice Waters en Food Fight. “Ya existen muchas iniciativas individuales por parte de profesores concienciados que están enseñando a los niños de dónde vienen los alimentos y cómo se cocinan. Estamos enfermando a nuestros hijos, y esta debería ser una revolución subvencionada por el gobierno”, continúa Waters, “porque tenemos que reconstruir las cocinas, pagar la formación del personal, pagar un precio justo a los agricultores por sus productos…” Como afirma Alice Waters, la buena alimentación debería ser un derecho y una obligación y el movimiento por el buen gusto en EEUU continúa luchando por hacer realidad estas reivindicaciones.

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