Agricultura urbana: la paradoja cubana

Agricultura urbana: la paradoja cubana

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Roger Doiron, de Kitchen Gardeners International, relata su viaje a La Habana para conocer los huertos urbanos de la capital cubana. Roger Doiron es el fundador de la red Kitchen Gardeners International, una organización sin ánimo de lucro que cuenta con más de 20.000 miembros en 100 países y cuyo objetivo es la relocalización del abastecimiento de alimentos. Doiron, periodista independiente especializado en agricultura y sistemas sostenibles de cultivo de alimentos, explicaba en un vídeo sus impresiones de un viaje a la Habana durante el que tuvo la oportunidad de analizar la experiencia de cultivo urbano de alimentos que se está viviendo en la capital cubana.

Transcripción del vídeo: “Hola, soy Roger Doiron, de Kitchen Gardeners International. Hace poco tuve la oportunidad de viajar a la Habana, Cuba, para estudiar sus granjas y huertos urbanos, como parte del programa de visitas guiadas de Kellog Fellows Leadership Alliance. (Este soy yo, con pose de científico internacional.) Seguramente os preguntaréis por qué viajar a la Habana a la búsqueda de huertos urbanos. La mayoría de la gente asocia a Cuba con otro tipo de revolución: la revolución comunista guiada por Fidel Castro a finales de los 50. Y cuando piensan en un producto agrícola cultivado en Cuba, les vendrá a la mente antes un puro que una zanahoria.
Pero Cuba ofrece un escenario único para los interesados en estudiar la producción local de alimentos. Este país no solamente es una isla desde el punto de vista geográfico, sino también desde el económico y el político. Este es el resultado de haber sido apartada del mundo por dos importantes eventos históricos: el primero de ellos, el embargo impuesto sobre Cuba por EEUU a principios de los años 60, que sigue en pie hoy en día, imposibilita a los cubanos el acceso a ciertos productos que para nosotros son cotidianos. El segundo evento, la caída de la Unión Soviética en 1991, constituyó la destrucción de la economía de Cuba. La Unión Soviética había sido el socio más grande de Cuba en cuanto a comercio y a ayudas. Con la caída del muro de Berlín, las exportaciones e importaciones de la isla cayeron un 80%. El gobierno cubano denominó el periodo posterior a 1991, de forma eufemística, el “periodo especial”, pero el “periodo del hambre” habría sido un término más adecuado: el suministro de productos básicos como los alimentos, las medicinas o el petróleo sufrió una terrible escasez.
Un chiste cubano contaba que, poco después de la toma de poder de Castro en 1959, los carteles de los zoológicos se modificaron y pasaron de decir “Por favor, no den de comer a los animales” a decir “Por favor, no se coman los alimentos de los animales”. Cuando comenzó el “periodo especial”, en 1991, el cartel volvió a cambiar: “Por favor, no se coman a los animales”. Para quienes han vivido el “periodo especial”, el chiste no tenía ninguna gracia. El consumo diario de calorías en Cuba se redujo durante este periodo a un tercio, lo que implicó una pérdida media de peso por persona de 20 libras (9 kg). A pesar de que la historia ha sido cruel con la población cubana, los hay que afirman que la ciudad de la Habana será quien ría la última. La experiencia del “periodo especial” ha obligado a los residentes de esta ciudad a ser más resilientes, autosuficientes e innovadores en su producción de alimentos.
La agricultura ecológica y los huertos comunitarios, denominados organopónicos, se encuentran por toda la ciudad; casi todas las frutas y hortalizas de temporada que consumen los dos millones de residentes de La Habana se cultivan en huertos situados en un radio de 30 millas (unos 48 km) de la ciudad; la maquinaria agrícola propulsada por combustibles fósiles está siendo sustituida por energía humana y animal, bastante más apropiadas para la agricultura a pequeña escala que se encuentra en las ciudades y en su periferia; los fertilizantes sintéticos están siendo sustituidos por compost orgánico y estiércol; los monocultivos y los pesticidas sintéticos que estos requieren están siendo sustituidos por métodos y prácticas agrícolas mejores y más diversificados; y, quizás lo más importante, los pequeños agricultores ecológicos empiezan a considerarse imprescindibles para la seguridad nacional de Cuba, y se les está valorando en consecuencia.
Por ejemplo, a los productores de las sanas frutas y verduras ecológicas se les paga tres veces más que a los médicos en Cuba. Esto nos ofrece una nueva perspectiva de cómo lograr una reforma sanitaria innovadora. Volví del viaje inspirado, aunque consciente de que no todo era de color de rosa, de que solamente había sido testigo de una fracción de una realidad más grande y más compleja. A pesar de sus avances en agricultura urbana, Cuba sigue siendo altamente dependiente de las importaciones de arroz, trigo y productos lácteos. El anticuado régimen soviético de racionamiento que se instauró a principio de los 60 sigue vigente hoy en día. De hecho, cuando visitas La Habana y ves sus edificios coloniales derrumbándose, los antiguos modelos de coches, no puedes evitar sentirte como en un viaje al pasado. Pero en términos de agricultura urbana sostenible, un viaje a La Habana se parece mucho a un viaje al futuro. Como un recorrido en taxi por una de sus calles empedradas desgastadas por el tiempo, en un Chevrolet 57 sin amortiguadores, nuestro viaje hacia la seguridad alimentaria sostenible va a ser bastante movido. Si percibimos los huertos urbanos de La Habana como una imagen del futuro que deseamos para nosotros, la pregunta que debemos plantearnos es: ¿cuál es la ruta más adecuada para llegar a alcanzarlo? La pregunta que no podemos dejar de plantearnos es si comenzamos o no el viaje. Con más de mil millones de personas que sufren hambre, una cifra que sigue aumentando, es indudable que el mundo entero está viviendo su “periodo especial” y que ha llegado el momento pasar a la acción.»

Más información: Kitchen Gardeners International

Kellogg Fellows Leadership Alliance

Food and Society Fellows

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