¿Adónde va el dinero que gastamos en alimentos?

¿Adónde va el dinero que gastamos en alimentos?

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Un reciente estudio revela cómo la industria alimentaria se reparte el dinero que gastamos en los supermercados. La conclusión no debe extrañara a nadie: los agricultores ganan cada vez menos por la venta de sus productos. El precio que marcan muchos productos en el supermercado es muy superior al dinero que recibe quien produjo dicho alimento con su esfuerzo y dedicación. La mayoría de productos que se encuentran en la secciones de cualquier supermercado y que el consumidor carga en su carrito de forma despreocupada, dependen del trabajo de varias personas: un agricultor, un empresario, un intermediario y un repartidor, entre muchas otras figuras. Todas estas personas que con su trabajo hacen posible que estos productos estén disponibles para engrosar el carrito de la compra, pasan desapercibidas para la mayoría de consumidores, quienes nunca las verán a pesar de que, al pasar por caja, les asignarán una determinada cantidad de dinero. Pero, ¿cómo se reparte este dinero? ¿quien ganará más? ¿qué es lo que finalmente resulta más caro? El «Observatorio francés de los precios y de los márgenes» acaba de establecer un índice llamado «El euro alimentario del consumidor» que permite responder a estas cuestiones. Este índice descifra qué parte de cada 100 euros de gastos en alimentos en las grandes y medianas superficies llega a cada eslabón de la cadena de producción.

La conclusión a la que llega dicho estudio revela que las importaciones suponen más de un cuarto de nuestros gastos en alimentos (26,8%); el comercio supone un 20,8% y los servicios un 17,5%. El precio final se compone en un 40% del comercio y de los servicios. Después aparece la industria alimentaria, con un 11,3%, los impuestos (10%) y al final aparece el agricultor, cuyo peso en el precio final de un producto no es más que un 7,6% del total. De este estudio se deduce que cuando compramos un producto alimenticio pagamos antes de nada su comercialización, después su embalaje, su publicidad, las importaciones necesarias para su fabricación y al final al productor. La parte de este último se ha reducido considerablemente estos últimos años: en 1995 era del 12% del precio final. Durante el mismo periodo, en Francia, muchas explotaciones se vieron obligadas a cesar su actividad. En 1995 el país vecino contabilizaba 735.000 explotaciones agrícolas activas; a día de hoy sólo quedan 490.000. Otra importante revelación de este informe es el margen neto que consigue la distribución sección por sección. De esta forma sabemos que el margen más alto corresponde a la sección de aves con 5,9 euros de beneficio neto por cada 100 euros; luego está la charcutería con 5,1 euros. Al otro lado, los productos cuyo margen es más pequeño son los productos lácteos (1,9 euros), las frutas y verduras (0,6 euros) e incluso algunos márgenes son negativos como en la carnicería (-1,9 euros).

¿Cómo es posible que se llegue a un margen negativo cuando está prohibida la venta con pérdidas? Si bien las cifras no son perfectas, dejan claro que los productos que compramos y que cada vez se presentan más elaborados requieren un mayor número de servicios que estrechan los márgenes de los productores. Para aquellos consumidores concienciados con el problema, la alternativa es comprar productos lo menos elaborados posible y que necesiten el menor número posible de importaciones para su fabricación. Por otra parte, en Francia se llevaron a cabo investigaciones sobre los agricultores de la región parisina y los resultados hablan por sí solos: dos tercios de los agricultores que aún siguen con su profesión venden sus productos en el comercio de proximidad o circuito corto. Por otra parte las explotaciones que venden sus productos con este modelo de comercio movilizan más mano de obra que los que lo hacen en las grandes superficies comerciales.

 

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