¿Estamos bloqueados ante la dura realidad del planeta?

¿Estamos bloqueados ante la dura realidad del planeta?

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La actual situación que vive el planeta es algo nuevo jamás vivido en la historia del hombre. Resulta extraño que ante esta situación no surja una fuerza y un compromiso ciudadanos que logren salvar esta tierra que a todos nos da vida. Los científicos del GIEC han publicado varios informes sobre el estado del planeta y han señalado el camino que estamos recorriendo, alertando de la necesidad de cambiar de ruta. Los resultados de dichos informes son cada vez más pesimistas y, sin embargo, el ciudadano sigue sin movilizarse para enfrentarse de forma solidaria a los desastres que se avecinan. Es indudable que existen razones que explican esta pasividad: la forma de vida que promueven y fomentan los medios de comunicación, respaldados por los poderes políticos de unos gobiernos cada vez menos democráticos, supone un obstáculo para que el ciudadano reciba la información necesaria y active su conciencia y modifique sus hábitos cotidianos en función de intereses ecológicos y medioambientales.

Razones de la pasividad del ciudadano ante la actual situación del planeta

Una de las principales razones es la falta de información o la información contradictoria sobre un asunto tan grave como el cambio climático y la crisis ecológica que sufrimos. Una gran parte de los ciudadanos de todo el mundo no comprende de forma clara los retos a los que nos enfrentamos. Los problemas ecológicos y medioambientales requieren un mínimo de atención e interés. La mayoría de ciudadanos están absorbidos por otras cuestiones y otros problemas tales como la economía, el desempleo, la seguridad etc. En este contexto sería muy importante la introducción de la ecología como ciencia en los programas educativos.

Los hábitos ecológicos en el hombre lo hacen más feliz. No se sabe bien cómo ocurre, no se sabe si uno es feliz porque practica el respeto a la naturaleza o si se respeta la naturaleza porque se es feliz. En todo caso, existen estrechos vínculos entre los comportamientos antimaterialistas, la simplicidad voluntaria, y la felicidad.

La industria ha puesto en manos de gran parte de ciudadanos una serie de bienes y servicios de fácil acceso que contribuyen a empeorar las cosas: vuelos baratos, pesticidas, automóviles, energía nuclear y plásticos son, entre otros, recursos de una fuerza destructiva que no se había conocido hasta ahora. Estos elementos conforman la cotidianidad de una forma de vida que agota los recursos naturales de los ecosistemas. Esta forma de vida no se ve, de momento, amenazada hasta el punto de provocar una reacción por parte de quienes la practican y, por lo tanto, no se percibe la urgencia de una reacción. Históricamente, el hombre se ha acostumbrado a conseguido escapar a las dificultades emigrando a otras tierras cuando, por ejemplo, se veía amenazado por una guerra, inundaciones o hambrunas Ahora el hombre debería ser más que nunca consciente de que vive en un planeta finito cuyos límites obligan a un cambio de forma de vida y, por lo tanto, no existe la posibilidad de llevar a cabo otro plan que incluya la posibilidad de emigrar a otro mundo. Hasta ahora, los cambios se producían de forma gradual, tenían lugar durante siglos o generaciones y la humanidad se adaptaba a ellos sin apenas percibirlos. Hoy en día, gracias a la ciencia y la tecnología, podemos anticipar futuros escenarios y, sin embargo, seguimos siendo incapaces de imaginar un gran cambio que pueda ocurrir en pocos años. Por otra parte, muchos responsables políticos están “atados” a proyectos enfocados al beneficio económico a corto plazo, lo cual contribuye a que los grandes retos a los que se enfrenta la civilización se vean apartados del día a día y pasen a convertirse en algo secundario. Esta pasividad o falta de interés se ve reflejada en los medios de comunicación y así, los asuntos sobre el cambio climático y la lucha contra sus efectos o para adaptarnos a lo inevitable no son tratados convenientemente o simplemente no se tratan.

El ciudadano, guiado por esta desinformación y alentado por una publicidad que le hace ver una vida fantástica aunque sea prestada, no quiere ver la realidad y rechaza cualquier argumento que le haga pensar o temer aquello que no quiere ver. De esta forma se crea una sociedad basada en el hiperconsumo cuya huella ecológica es cada vez mayor y cuyos comportamientos relacionados con la lógica medioambiental resulta absurdos e ignorantes. El hombre vive en este tipo de sociedad prácticamente dirigido por otros, no desarrolla una voluntad propia e intenta alcanzar la felicidad a base de un materialismo que provoca justamente el efecto contrario. Existen multitud de estudios que muestran que cuando las personas viven según sus valores consiguen aumentar de forma significativa la sensación de felicidad. Esta sensación de bienestar es clave para que el respeto por los demás y por el medio ambiente se haga una costumbre y se vea como algo natural e inherente al ser humano. La naturaleza es algo imprescindible para que el hombre encuentre su sitio en la tierra y precisamente esta forma de vida basada en el poder económico o político aparta al hombre de la naturaleza, alejándolo de una realidad a la que tarde o temprano.

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